martes, 21 de abril de 2015

tuico mi cartagena inundada

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que las aguas de la mar sepultaban Murcia. No la ciudad, porque eso hubiera sido la fin del mundo; pero sí una parte destacada de su histórico territorio. No en vano desde la Reconquista cristiana, la zona del Mar Menor, entre otras, quedó bajo la autoridad del Concejo murciano. Suelo municipal, por tanto, que sería castigado por la bravura de las olas como si de promotores urbanísticos se tratara.
Mientras castellanos, aragoneses y catalanes iniciaban la repoblación del lugar, Cartagena comenzaba una interminable disputa contra Murcia por el control de la riqueza pesquera de la albufera, litigio que duraría varios siglos. Y, entremedias, de tanto en vez, la mar se encargaba de arruinar a unos y a otros con inesperados maremotos o, por ser precisos, trombas marinas.
Quizá entre los fenómenos más devastadores de los que existe documentación fiable destaca el maremoto que, entre los días 30 de octubre y 1 de noviembre de 1869, asoló el litoral. El fin de semana -fue domingo el día 31- y la Festividad de Todos los Santos retrasó la llegada de noticias a la capital.
La primera referencia sobre el temporal la conocieron los murcianos por el diario 'La Paz' el día 3 de noviembre de 1869, cuando publicó la carta enviada desde Torrevieja por un vecino que describía su casa como «combatida por todos lados por los huracanes, en tales términos, que esta noche he dicho el acto de contrición y encomendado a Dios, porque creí que se iba abajo».
Ni los «hombres de 80 y 90 años que aún existen» recordaban entonces un temporal tan furibundo. Las aguas penetraron hasta 400 metros tierra adentro en la costa del Mojón mientras «el mar Mayor (Mediterráneo) se ha unido con el menor». La elevación de las olas, entre 6 y 8 metros de altura, sepultó gran parte las dunas de La Manga y devastaron la Encañizada. Ahí era, precisamente, donde más les dolía a los concejos murcianos.
La Encañizada, arrasada
Todos los barcos que formaban esta pesquería -en torno a 50- fueron arrastrados en apenas unos minutos. «La mayor parte no se sabe dónde», advertían los periódicos. En la costa se vieron afectadas numerosas casas y se derrumbó un cuartel de caballería, que había sido construido apenas hacía 4 años.
Más tarde contarían los pescadores que, a algunas millas mar adentro, se encontraba la mar sembrada de palos, jarcias, velas y otros despojos de embarcaciones. En aquel revoltijo también aparecieron los primeros cadáveres, como el de «un infeliz marino fuertemente abrazado o sujeto a un palo de buque».
'El Eco de Cartagena', en su edición del día 6, noticiaba la desaparición de la casa del faro de Islas Hormigas, frente a Cabo de Palos, y se ignoraba «cuál habrá sido la suerte del torrero que habita aquel peñón». El mismo diario anunciará en su edición que, entre Santa Pola y el faro murciano, se encontraban encallados o perdidos «treinta y cinco buques», sin contar los de la Encañizada.
La triste historia del farero de las Hormigas se conoció días más tarde. Al parecer, el hombre compartía la vivienda con su mujer y sus cuatro hijos. Los embates de la mar los arrancaron a todos de la casa, salvo uno de los pequeños, a quien el padre logró salvar.
El ministro de Fomento llegó a Murcia el día 14 para conocer el desastre y, sobre todo, para presidir la inauguración de la Universidad Libre de Murcia. No parecían, a juzgar por las crónicas de aquellas jornadas, días de luto. La banda «del señor Mirete», por ejemplo, lo recibió en la estación del Carmen y, por la noche, le brindó una serenata en la casa del Gobernador, donde se hospedaba. Aunque poco la disfrutó el político pues se le había metido en un ojo, durante el viaje, un carboncillo de la máquina del tren.
Aquel ministro de Fomento, por cierto, era José Echegaray, el futuro Premio Nobel de Literatura y quien se sentía murciano por haber vivido en esta tierra su infancia. «Considerándome murciano, en cada edificio y en cada calle encuentra uno de esos recuerdos de su infancia que no se borran jamás y forman las delicias del alma», aseguró entonces a la prensa. Con menos halagos y menos currículo en otra ciudad ya le hubieran levantado un monumento.
La Universidad Libre fue el segundo intento durante el siglo XIX de crear una institución superior docente. Fue nombrado entonces rector el deán de la Catedral, Gerónimo Torres Casanova.
La historia de los tornados y maremotos ha sido bien documentada por el cronista e investigador Ricardo Montes, quien destaca en su artículo 'Desastres naturales en la Región de Murcia 1800.1930' otro suceso de trágicas consecuencias.
La Riada de Julio Cesar
Sucedió el 21 de octubre de 1843, a las tres y media de la tarde, cuando una tromba de agua arrasó el Puerto de Cartagena. Cuenta el ingeniero Rafael Couchoud en su obra 'Efemérides hidrológica y fervorosa' que la tromba marina «levantó en peso una goleta, dos jabeques y dos laudes», uno de ellos con la tripulación dentro. Las aguas alcanzaron 11 metros de altura, que se escribe pronto, sobre el nivel del mar.
Además de arrancar hasta los árboles de la histórica calle Real, el viento huracanado arrebató «al presidio ocho mil quinientas tejas, muchas de las cuales vuelan hasta las Canteras. Todo esto y más que omitimos ha tenido lugar en el corto espacio de algunos segundos».
Según la tradición, la primera gran inundación en el Campo de Cartagena sucedió en el año 47 antes de Cristo. Y aún las crónicas la recuerdan, con datos más o menos fiables, como la Riada de Julio César. Mejor documentada está, en cambio, la riada de 1919, que transformó la ciudad portuaria en una trágica Venecia. De ella se conservan tan asombrosas como espectaculares fotografías. Al verlas es lógico preguntarse: ¿Cuándo sucederá de nuevo?

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