El blog donde yo escribo todo lo que llevo dentro, y me expreso libremente. Simplemente Mis cosas :)
miércoles, 29 de abril de 2015
Estación antigua del Estrecho de San Ginés
Estación del Estrecho de San Ginés
Continuando con el anterior post de la estación de Los Blancos y con la misma pagina inglesa dedicada a los ferrocarriles, aquí están estas fotografías tomadas en Abril de 1972 de la antigua estación del Estrecho, con los automotores Billard en el anden. Pocos años le quedaban a esta estación como tal, pero todavía vería la ampliación de la linea hasta Los Nietos en noviembre de 1976. Se empezó a costruir en 1883 en el paraje llamado Llano de Campoy y hoy en día sigue en pie aunque con un fin distinto al inicial.
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| Automotor Billard en la estación del estrecho de San Ginés |
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| Estación del Estrecho de San Ginés |
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| Vagon plataforma de carga grande en la estación del Estrecho de San Ginés. |
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| Fotografía tomada desde el tren de la subida hacia El Llano con la Cruz Roja al fondo |
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| Maquina Jupiter nº 8 parada en la estación del Estrecho |
Esta fotografía es anterior a las primeras y fue hecha por el año 1964. Con la maquina júpiter nº 8, donde era común ponerles nombre a las locomotoras.
Fuente: Blog cronicas mineras de Rougelio Mouzo Pagan
Archivo Santiago Ros Ros
miércoles, 3 de septiembre de 2014
Estación de Los Blancos
LOS BLANCOS
En 1883 simultaneamente a la construccion de la estación del Estrecho se empezo a construir la estación de Los Blancos, esta indentica a la nuestra. Perteneciendo la estacion al ferrocarril minero El Descargador - Los Blancos, que luego se uniria a la linea La Union - Cartagena, formando la linea Cartagena - Los Blancos.Se le dotaria con un deposito de 50 m3 para la alimentación de agua para las locomototas, con una bomba de 2 CV. También estaba dotada de 5 muelles de carga de mineral .En 1897 empezaron a circular las primeras locomotoras por Los Blancos. El poblado de Los Blancos desapareció a finales de 1972 a manos de la multinacional Peñarroya, aunque su estación ya habia dejado de funcionar . Del pueblo no queda nada, solo el nombre de la corta. Aqui teneis unas fotos de la estacion:
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| Estación de Los Blancos - El Estrecho de San Gines |
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| Estación de El Estrecho de San Ginés |
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| Estacion de Los Blancos-El Estrecho de San Ginés. |
Estas fotografias a color fueron echas por John Batts aficionado ingles a los trenes el 17 de Abril por el año 1972.
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| Estación de los Blancos - El Estrecho de San Ginés |
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| Aseos de la Estación de los Blancos - El Estrecho de San Ginés |
Corta Los Blancos, en la actualidad no queda vestigio ninguno de lo que fue el pequeño poblado de los Blancos ni de su estación.
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| Corta Los Blancos situada en lo que era el poblado de Los Blancos - El Estrecho de San Ginés |
miércoles, 22 de abril de 2015
martes, 21 de abril de 2015
tuico mi cartagena inundada
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que las aguas de la mar sepultaban Murcia. No la ciudad, porque eso hubiera sido la fin del mundo; pero sí una parte destacada de su histórico territorio. No en vano desde la Reconquista cristiana, la zona del Mar Menor, entre otras, quedó bajo la autoridad del Concejo murciano. Suelo municipal, por tanto, que sería castigado por la bravura de las olas como si de promotores urbanísticos se tratara.
Mientras castellanos, aragoneses y catalanes iniciaban la repoblación del lugar, Cartagena comenzaba una interminable disputa contra Murcia por el control de la riqueza pesquera de la albufera, litigio que duraría varios siglos. Y, entremedias, de tanto en vez, la mar se encargaba de arruinar a unos y a otros con inesperados maremotos o, por ser precisos, trombas marinas.
Quizá entre los fenómenos más devastadores de los que existe documentación fiable destaca el maremoto que, entre los días 30 de octubre y 1 de noviembre de 1869, asoló el litoral. El fin de semana -fue domingo el día 31- y la Festividad de Todos los Santos retrasó la llegada de noticias a la capital.
La primera referencia sobre el temporal la conocieron los murcianos por el diario 'La Paz' el día 3 de noviembre de 1869, cuando publicó la carta enviada desde Torrevieja por un vecino que describía su casa como «combatida por todos lados por los huracanes, en tales términos, que esta noche he dicho el acto de contrición y encomendado a Dios, porque creí que se iba abajo».
Ni los «hombres de 80 y 90 años que aún existen» recordaban entonces un temporal tan furibundo. Las aguas penetraron hasta 400 metros tierra adentro en la costa del Mojón mientras «el mar Mayor (Mediterráneo) se ha unido con el menor». La elevación de las olas, entre 6 y 8 metros de altura, sepultó gran parte las dunas de La Manga y devastaron la Encañizada. Ahí era, precisamente, donde más les dolía a los concejos murcianos.
La Encañizada, arrasada
Todos los barcos que formaban esta pesquería -en torno a 50- fueron arrastrados en apenas unos minutos. «La mayor parte no se sabe dónde», advertían los periódicos. En la costa se vieron afectadas numerosas casas y se derrumbó un cuartel de caballería, que había sido construido apenas hacía 4 años.
Más tarde contarían los pescadores que, a algunas millas mar adentro, se encontraba la mar sembrada de palos, jarcias, velas y otros despojos de embarcaciones. En aquel revoltijo también aparecieron los primeros cadáveres, como el de «un infeliz marino fuertemente abrazado o sujeto a un palo de buque».
'El Eco de Cartagena', en su edición del día 6, noticiaba la desaparición de la casa del faro de Islas Hormigas, frente a Cabo de Palos, y se ignoraba «cuál habrá sido la suerte del torrero que habita aquel peñón». El mismo diario anunciará en su edición que, entre Santa Pola y el faro murciano, se encontraban encallados o perdidos «treinta y cinco buques», sin contar los de la Encañizada.
La triste historia del farero de las Hormigas se conoció días más tarde. Al parecer, el hombre compartía la vivienda con su mujer y sus cuatro hijos. Los embates de la mar los arrancaron a todos de la casa, salvo uno de los pequeños, a quien el padre logró salvar.
El ministro de Fomento llegó a Murcia el día 14 para conocer el desastre y, sobre todo, para presidir la inauguración de la Universidad Libre de Murcia. No parecían, a juzgar por las crónicas de aquellas jornadas, días de luto. La banda «del señor Mirete», por ejemplo, lo recibió en la estación del Carmen y, por la noche, le brindó una serenata en la casa del Gobernador, donde se hospedaba. Aunque poco la disfrutó el político pues se le había metido en un ojo, durante el viaje, un carboncillo de la máquina del tren.
Aquel ministro de Fomento, por cierto, era José Echegaray, el futuro Premio Nobel de Literatura y quien se sentía murciano por haber vivido en esta tierra su infancia. «Considerándome murciano, en cada edificio y en cada calle encuentra uno de esos recuerdos de su infancia que no se borran jamás y forman las delicias del alma», aseguró entonces a la prensa. Con menos halagos y menos currículo en otra ciudad ya le hubieran levantado un monumento.
La Universidad Libre fue el segundo intento durante el siglo XIX de crear una institución superior docente. Fue nombrado entonces rector el deán de la Catedral, Gerónimo Torres Casanova.
La historia de los tornados y maremotos ha sido bien documentada por el cronista e investigador Ricardo Montes, quien destaca en su artículo 'Desastres naturales en la Región de Murcia 1800.1930' otro suceso de trágicas consecuencias.
La Riada de Julio Cesar
Sucedió el 21 de octubre de 1843, a las tres y media de la tarde, cuando una tromba de agua arrasó el Puerto de Cartagena. Cuenta el ingeniero Rafael Couchoud en su obra 'Efemérides hidrológica y fervorosa' que la tromba marina «levantó en peso una goleta, dos jabeques y dos laudes», uno de ellos con la tripulación dentro. Las aguas alcanzaron 11 metros de altura, que se escribe pronto, sobre el nivel del mar.
Además de arrancar hasta los árboles de la histórica calle Real, el viento huracanado arrebató «al presidio ocho mil quinientas tejas, muchas de las cuales vuelan hasta las Canteras. Todo esto y más que omitimos ha tenido lugar en el corto espacio de algunos segundos».
Según la tradición, la primera gran inundación en el Campo de Cartagena sucedió en el año 47 antes de Cristo. Y aún las crónicas la recuerdan, con datos más o menos fiables, como la Riada de Julio César. Mejor documentada está, en cambio, la riada de 1919, que transformó la ciudad portuaria en una trágica Venecia. De ella se conservan tan asombrosas como espectaculares fotografías. Al verlas es lógico preguntarse: ¿Cuándo sucederá de nuevo?
sábado, 18 de abril de 2015
YA ESTA BIEN

El cantautor chileno Víctor Jara, en una imagen sin fechar facilitada por la fundación que lleva su nombre. / EFE
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Cuentan los que acompañaron a Víctor Jara en sus últimas horas de vida en el estadio Chile, uno de los símbolos más siniestros de la dictadura de Augusto Pinochet, que los torturadores no lograron borrarle del todo la sonrisa al trovador del Gobierno de Salvador Allende ni cuando lo golpearon brutal y repetidamente, antes de acribillarlo a balazos. En su cuerpo se hallaron más de 40 disparos.
Pero el tiro que acabó con su vida fue el que recibió en la nuca, casi a quemarropa, después de que sus torturadores se divirtieran jugando con él a una mortal ruleta rusa. Fue el 16 de septiembre de 1973, cinco días después del golpe de Estado contra Allende y de la posterior detención de Jara junto con cientos de compañeros en la Universidad Técnica del Estado (UTE). El estadio Chile, hoy estadio Víctor Jara, sería todavía testigo mudo de muchos más horrores en los comienzos de la larga dictadura de Pinochet (1973-1990).
Cuatro décadas más tarde, la familia de Víctor Jara, que nunca dejó de buscar justicia, puede empezar a sonreír otra vez. Un juez de Florida ha ordenado esta semana que el hombre identificado como su asesino, Pedro Pablo Barrientos, responda ante la justicia por cargos de tortura y ejecución extrajudicial.
Hace años que Barrientos, un exoficial del Ejército chileno, fue señalado como el torturador de Jara que apretó el gatillo del tiro de gracia. Uno de sus subordinados, el soldado José Adolfo Paredes, lo identificó formalmente en un testimonio entregado a la justicia chilena en 2009. El juez que lleva el caso en Chile, Miguel Vázquez, no tuvo dudas de su culpabilidad y en diciembre de 2012 lo procesó como autor de homicidio calificado. Poco antes, un programa de la televisión había descubierto que Barrientos llevaba una vida tranquila y discreta en Deltona, Florida, donde desde los años noventa se dedicaba a la compraventa de coches.
Ahí entró en marcha el Centro de Justicia y Responsabilidad (CJA), una organización internacional que busca llevar a los tribunales a responsables de violaciones de derechos humanos en todo el mundo.
Entre sus casos más famosos están, además del de Víctor Jara, el de monseñor Óscar Romero de El Salvador o la matanza de los jesuitas, cinco de ellos españoles, también en ese país centroamericano en 1989.
Junto con el bufete de abogados Chadbourne & Parke LLP, el CJA interpuso en septiembre de 2013 una demanda en nombre de la viuda de Jara, Joan, y de su hija Amanda, acusando a Barrientos de cargos por delitos de tortura, asesinato extrajudicial y crímenes de lesa humanidad. Tras conocer la decisión de este martes del juez de Orlando, Florida, Roy Dalton, la abogada del CJA Almudena Bernabéu celebró que se abra por fin la posibilidad de que uno de los principales responsables de la muerte del cantautor chileno vaya a tener que responder ante la justicia.
Cierto es, admitió, que resulta “decepcionante” que el juez desestimara los cargos por crímenes de lesa humanidad, porque “el asesinato de Víctor Jara, y los miles de crímenes cometidos durante el régimen de Pinochet, deberían ser llamados por lo que son: un crimen contra la humanidad”. No obstante, acotó en conversación con este diario, la decisión judicial es un vuelco en el caso. Y es que aunque la familia de Jara lleva décadas denunciando públicamente el asesinato del artista, recordó, “un ámbito formal, un juicio, una audiencia, una comisión de la verdad jamás ha habido en relación con este crimen. Entonces, después de 42 años, este es un paso gigante, para Chile sobre todo”.
Con las manos destrozadas por las palizas, Víctor Jara todavía logró escribir unos últimos versos a lápiz en una libreta que pudo entregarle a uno de sus compañeros y que hoy conserva la Fundación Jara. “¡Canto, qué mal me sales / cuando tengo que cantar espanto! / Espanto como el que vivo / como el que muero, espanto”. Las heridas de Víctor Jara y de su familia empiezan a curar con cuatro décadas de retraso.
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