viernes, 29 de marzo de 2013

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[Img #11309]Hacía ya muchos años que yo no iba al Estadio a ver un partido de fútbol. Yo soy uno de tantos aficionados defraudados de los que, en su día, dijeron definitivamente no al fútbol local. Desde entonces, sólo he visto, muy de tarde en tarde, algún partido aislado de los que prometían algún interés.

Pero sucedió que el día 7 de este revuelto mes de marzo vino a jugar a Cartagena, nada menos, el Real Murcia. Vino en un día muy desagradable. Pero sucede que yo, que ideológicamente no soy cantonal, sí lo soy sentimentalmente, y mi cantonalismo, mi sangre tercamente cartagenera y mi nostalgia de viejos tiempos, me llevaron al estadio arrastrando arduas incomodidades. Y yo arrastré conmigo a cinco amigos, algunos de los cuales hasta llevaron hijos. Lo realmente extraordinario fue que, entre mis dilectos amigos, figuraba el doctor García Marcos, salmantino sensato, ponderado y templado donde los haya y, desde luego, muy alejado de nuestros excesos meridionales. Algunos de mis amigos aún no me han perdonado que los embarcara, o, tal vez, que no los embarcara (en la más pura acepción del vocablo) porque, al menos, hubieran llegado más cómodamente al estadio.

Llegar al campo implicó aventuras dantesca. Llovía a cántaros y el acceso al estadio hubimos de hacerlo por un profundo barrizal. Algunos de mis amigos, optimistas ellos, se proveyeron de almohadillas que, cinco minutos más tarde, navegaban por las canaletas de los graderíos.

No voy a contar las inclemencias que sufrimos durante el histórico partido. Era algo que había que pasar y aguantar. En el terreno de juego se iba a desarrollar una lucha histórica, un torneo medieval, una revancha, y en los graderíos se presentían unos contenidos ánimos de desquite. Había que esperar a ver la victoria, el aplastamiento deportivo del eterno rival. En las gradas se encontraban todos los buenos cartageneros, y, por supuesto, el bueno de Solana, con sus píldoras para el corazón en el bolsillo. Cuando alguien preguntaba después a este cartagenero insobornable si había ido al fútbol, contestaba: "Hubiera ido aunque me hubieran dicho que iba a caer un rayo en mi asiento".

Hay que reconocer que el ambiente de los graderíos distó mucho del de viejos tiempos. No hubo despliegue de fuerza armada, ni ladrillos, ni insultos gruesos. El insulto más prodigado fue el consabido de tahúllas. No cabe mayor inocencia. (Han cambiado los tiempos. Afortunadamente. Bien es verdad que faltó el sol. Tal vez los bilbaínos se enardezcan con la lluvia; pero los cartageneros necesitamos el sol, que es lo nuestro). A mi lado, un espectador, para increpar a un jugador murciano de pelo largo, le insultaba con un eufemismo propio de grada de preferencia, pero no por ello menos cartagenero: "¡Mujereta!" Delante de mí, un foráneo conquistado por el gracejo de esta tierra y conocedor del percal, Arturo Fernández de la Puente, decía cuando el árbitro pitaba un fuera de banda: "¡Pero si es contra, leñe!"

He de reconocer que, a pesar de los pesares, me divertí mucho. He de reconocer que en el estadio se ponen de manifiesto toda la gracia del cartagenero, toda su ira (o todo su estoicismo), toda su guasa y toda su socarronería. He de reconocer que, para estudiar a este singular pueblo, se ha de ir de vez en cuando al estadio; sobre todo, si el equipo visitante es el Real Murcia.

Mi amigo José María de la Puerta (que formaba peña con su mujer, su suegro y otros parientes), ante las inclemencias del tiempo, gritaba con reiteración y a intervalos perfectamente regulares: "¡No tenemos perdón de Dios...! ¡Con lo bien que estaba en mi cuarto de estar...!". Un socarrón, cada vez que la lluvia arreciaba, decía con voz estentórea: "¡Siéntense!" o "¡Paraguas fuera!" El vendedor de chicle, que tenía exactamente localizadas a las peñas murcianistas, al pasar junto a ellas, voceaba: "¡Llevo letras p'al Mursia!", en tanto un espectador, que se hallaba sentado al lado de murcianos, decía sin mirarles: "S'han tenío que gastar los cuartos, se van a llevar dos goles y, además, toa el agua del trasvase encima..."

Los amigos a quienes arrastré al estadio, ciertamente, casi me han perdonado. Y es que también se divirtieron. Ya tienen algo que contar y un recuerdo para siempre. Y los cartageneros que presenciaron el partido quedaron satisfechos. Dos goles a cero del Efesé al Real Murcia bien merecían las inclemencias del tiempo. El barro que de nuevo tuvieron que atravesar no tenía ya importancia. Y el agua, tampoco. Había servido, ciertamente, para lavar nuestra honra deportiva, herida casi mortalmente en tantas y tantas ocasiones.

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