martes, 21 de junio de 2016

Esta noche pasada he estado hundiéndome durante unas horas en un pensamiento que, si bien ya conocía, he vuelto a comprender una vez más. 

No voy a hablaros como el escritor, o esa criatura mística y horrenda que suelo interpretar en los momentos que dedico a esta página. Ahora mismo escribo esta sucesión de palabras como ser humano. 

No vengo tampoco a abriros los ojos, sé que mucha gente tiene sensibilidad suficiente para haber experimentado esto; no voy a decir nada que no sepáis ya.

Anoche mientras miraba el techo de la habitación donde duermo, pensé en la muerte. Desde joven, casi un niño, comprendí lo que significaba. No lo digo con orgullo, pero entendí que todos íbamos a morir llegado un momento y que eso era algo predestinado desde el momento en el que nacemos. Incluso pensé en que la muerte no era algo tan dramático, solo un nuevo camino.

Pero el tiempo ha pasado y poco queda de ese niño ingenuo: sigo pensando que mi muerte es algo que acepto, comprendo, asumo, no me da miedo mi fecha de caducidad; sin embargo, siento absoluto terror y miedo ante la tristeza que asoma ante el simple pensamiento de perder a aquellas personas que atesoro con infinito cariño en mi corazón.

Lo que quiero decir con esto es, realmente podemos no temer a la muerte, a nuestro fin, si nos concienciamos para ello; pero es casi imposible comprender ese mismo final para alguien a quien queremos.

No hace mucho, en una conversación sin importancia, le comenté a mi madre: "Es sinceramente cruel pensar que alguien que me quiere tanto me pida el favor más egoísta del mundo, y es que los padres nos pedís a los hijos que nos quedemos vivos para despediros de la vida."

He subestimado a la muerte mucho tiempo, casi toda mi vida: no le he dado importancia al final de mi camino; pero no es la muerte en sí lo que nos hace daño, es el vacío que dejan aquellos que se van y que tanto, tanto quieres, que incluso desearías que la vida se detuviese en un día que no cesase de repetirse con tal de verlos eternamente y no tener que decirles nunca adiós.

¿A dónde quiero llegar con esto? Las personas a las que quieres y que están contigo son un placer, un privilegio, una fortuna, un tesoro, cualquier sinónimo que tenga un valor positivo en tu vida.

Disfruta de la vida con ellos. Llena tu memoria con buenos momentos; cuando se vayan, al principio dolerá más, pero luego esas experiencias sanarán el dolor que han dejado, porque no habrá un vacío; habrá un hermoso recuerdo.

Vive, comparte y atesora.

Así es como se le gana a la tristeza.

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