lunes, 28 de abril de 2014

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Biblio 3W REVISTA BIBLIOGRÁFICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES
Universidad de Barcelona 
ISSN: 1138-9796. Depósito Legal: B. 21.742-98 
Vol. XV, nº 884, 15 de agosto de 2010
 

[Serie  documental de Geo Crítica. Cuadernos Críticos de Geografía Humana]

LAS CASAS DEL PUEBLO Y SUS IMPLICACIONES GEOGRÁFICAS

Luis Arias GonzálezDoctor en Historia, profesor de Enseñanza Mediamodestarias@hotmail.com
Francisco de Luis Martín
Profesor titular de Historia Contemporánea, Universidad de Salamanca
deluis@usal.es

Las Casas del Pueblo y sus implicaciones geográficas (Resumen)
Las Casas del Pueblo españolas desempeñaron un importante papel en la historia del movimiento obrero hasta el estallido de la Guerra Civil en 1936, comparable con lo sucedido en otros países europeos. Su alto número y dispersión por toda España, las convirtieron en todo un símbolo del Socialismo y su presencia. Este patrimonio, arquitectónico e histórico, dio lugar a  toda una red de relaciones sociales, económicas y culturales que crearon un espacio geográfico con sus normas propias. El estudio aborda tanto la distribución de las Casas del Pueblo como sus implicaciones económicas y la creación de un espacio material e ideológico.
Palabras-clave: Casas del Pueblo, Socialismo, movimiento obrero, espacio geográfico

The Houses of the People and their geographical implications (Abstract)
The Spanish Houses of the People played an important role in the history of the working class movement until the outbreak of the Civil War in 1936, comparable to what happened in other European countries. The high number and spread throughout Spain, became a symbol of Socialism and its presence. This heritage, architectural and historical interest, gave rise to a whole network of social, economic and cultural factors that created a geographic space with its own rules. The study addresses such the distribution of the Houses, and economic implications as the creation of a material and ideological place.
Key words: Houses of the People, Socialism, labour movement, Geographic space

Las Casas del Pueblo socialistas constituyen, sin duda, uno de los espacios de sociabilidad obrera[1] por excelencia, siendo una especie de “Sociedad de sociedades”[2] y, a la vez, lugar de formación del “obrero consciente”, así como receptáculo de buena parte de su actuación sindical y política. Poseen la peculiaridad, además, con respecto a otros ámbitos formales de reunión -los “Mechanics' Institutes” del área británica, los Ateneos libertarios, las Universidades Populares…- e informales -centros religiosos, tabernas, paseos, recintos de ocio y espectáculos de todo tipo, escuelas, cuarteles, recintos carcelarios…- también compartidos por la clase obrera, de su absoluta especificidad para tal fin exclusivo y el hecho de que, mayoritariamente, fueron creados y regidos por la propia clase que los llegó a ocupar en su día. Tales rasgos son los que han captado la atención de politólogos[3], sociólogos[4], historiadores y hasta historiadores del arte[5] que, desde sus distintas disciplinas, se han asomado a este peculiar fenómeno que se extendió, sobre todo, por Europa Occidental y que tuvo su edad dorada en el primer tercio del siglo XX. Sin embargo, se han pasado por alto, o minusvalorado al menos, todas las implicaciones geográficas que acompañan al mismo y que contribuyen a entender mucho mejor tal hecho histórico, habida cuenta de que las Casas del Pueblo fueron mucho más que unos edificios de mayor o menor calidad en los que tuvieron lugar determinados acontecimientos relacionados con la historia del movimiento obrero. Este "mucho más" añadido, es lo que en verdad nos ocupa y al que vamos a dedicar las páginas siguientes.
En su planteamiento formal recogieron elementos materiales y sistemas de ordenación espacial y habitacional que ya habían sido experimentados por las logias masónicas y por los clubs de lectura, lugares ambos aparecidos con la Ilustración y vinculados a una burguesía activa y transformadora; siendo estos, precisamente, los lejanos precedentes formales en que hundieron sus cimientos las Casas del Pueblo que hicieron su aparición en la escena europea a fines del siglo XIX y poco después, ya comenzado el nuevo siglo, en España. Las condiciones históricas y económicas que potenciaron los movimientos obreros organizados resultan sobradamente conocidas y citadas como para volver sobre ellas, pero quizás no estaría de más recordar que junto con estas circunstancias obvias hubo también una serie de fenómenos adyacentes fundamentales en forma de profundos cambios sociales, una crisis de los valores ideológicos tradicionales que resultaron conmocionados por este nuevo sistema de relaciones económicas y sociales y el nacimiento del llamado "pensamiento social" en paralelo con la aparición de la conciencia de clase. Es, precisamente, todo este magma en su conjunto lo que empujaría a la creación y crecimiento de las organizaciones gregarias socialistas obreras y, por tanto, de las Casas del Pueblo.  Para un perfecto entendimiento global, se hace necesaria  una lectura  de dichos centros como si de textos escritos se trataran para desentrañar, en la medida de lo posible, todos los aspectos fenomenológicos, sociales e ideológicos que estos edificios supusieron en sí mismos. Deben, por tanto, armonizarse e interpretar los dos planos que los componen y las mutuas influencias que entre ellos se dieron; refiriéndonos tanto al plano físico, como al plano ideológico. Física o materialmente, lo que nos encontramos son unos edificios concretos que desarrollaron una capacidad de interrelación variable en dimensiones y profundidad con su entorno y que crearon -según las circunstancias de lugar y de tiempo- toda una red de relaciones complejas de tipo social y económico con  impacto en la vida cotidiana de los sitios donde se asentaron. En cuanto a su aspecto ideológico, las Casas del Pueblo poseyeron una proyección propagandística y una influencia moral y de conformación de la mentalidad que en muchas ocasiones superaría con creces sus modestas dimensiones o  sus meras pretensiones funcionales y estéticas. De hecho, esta influencia inmaterial, era una de las cosas que más preocupaba a sus detractores que tenían de ella una imagen de lugares malditos y diabólicos en donde se cometían todo tipo de iniquidades y perversiones, desde las orgías más desatadas hasta la maquinación continua de huelgas, crímenes y revoluciones conspirativas.
En España, tenemos la gran suerte de que el conjunto de las Casas del Pueblo conformó una muestra enormemente variada en lo que se refiere a su dimensión arquitectónica formal y a su diversidad operativa, destacando muy por encima de su presunta magnificencia -alcanzada sólo en muy pocas ocasiones y en zonas muy concretas- lo nutrido de su número.  Casi podemos asegurar, que allí donde hubo una agrupación política o sindical socialista se constituyó en su día una Casa del Pueblo, si bien este término -que en algunos lugares no logró desplazar jamás al anterior de Centro Obrero- sólo se generalizaría tras la inauguración de la de Madrid en noviembre de 1908[6]. La constancia documentada de casi 900 Casas del Pueblo en las vísperas de la Guerra Civil supone que podemos considerar a nuestro país como la quinta nación europea en número, extensión y área de influencia de sedes socialistas, con lo que esto conlleva de valoración patrimonial e importancia histórica. Tal cúmulo de información nos ha obligado a un enfoque lo más multidisciplinar e integrador posible[7], sin que suponga por nuestra parte que consideremos el tema agotado o estudiado de forma exhaustiva y en el que, por supuesto, hemos intentado aplicar al mismo la visión geográfica dirigida a tres aspectos básicos como son, en primer lugar, la distribución y asentamientos, seguido por las implicaciones económicas y, por último aunque, no sea el menor ni mucho menos, todo lo relacionado con la creación de un espacio socialista propio, identitario y diferenciado.

Distribución y asentamientos
Los primeros Centros Obreros, precedentes inmediatos de las Casas del Pueblo, nacen trabajosamente a fines del siglo XIX, siguiendo en sus fechas el itinerario geográfico de la lenta propagación del Socialismo en España. En Madrid, el primer centro que hubo -en realidad una simple habitación- lo creó en 1874 "El Arte de Imprimir", entonces la única sociedad de resistencia existente, en la calle del Salitre. En 1882 se trasladaba a la calle del Amor de Dios y en 1886 se abría el centro obrero de la calle de Jardines, número 32, donde figuraban ya otras sociedades marxistas además del citado Arte de Imprimir. Antes de la fecha de la fundación de la UGT en Barcelona, en 1888, tenemos ya constancia de la existencia de centros obreros en Cataluña. El centro obrero de Mataró fecha sus inicios en 1895, en un edificio en alquiler que acabará comprando 28 años más tarde a la sociedad propietaria "Abella y Ginestá Hermanos"; el de Sitges es de 1899, con sede en la plaza del Cap nº 5. En 1886 se creaba el primer centro de Bilbao, para a continuación y hasta finales de siglo constituirse otros tantos en las localidades satélites de Ortuella, La Arboleda, Las Carreras, Sestao, Gallarta o Erandio. En 1892 se abriría el Centro Obrero de Valencia y al año siguiente, aunque compartido con los anarquistas, el de Oviedo, que, según las memorias de Manuel Vigil, tenía su domicilio en la misma Corrala del Obispo. En 1895, la Sociedad de Albañiles de Málaga compró un local para centro obrero en la calle Rentoy que siguió funcionando -en paralelo a la Casa del Pueblo- hasta la Guerra Civil. 
Las así llamadas "Casas del Pueblo" -traducción literal del título adoptado en francés y que procedía del término usado por la de Bruselas- surgen en España en los aledaños del cambio de siglo. Hasta ahora, Montijo en Badajoz y Alcira en Valencia se disputaban el privilegio de ser las decanas (1900), aunque en alguna fuente se le da la exclusiva a Montijo y se adelanta la fecha de la de Alcira a 1903. Precedieron por tanto a la de Madrid, además de las ya mencionadas, las de Almería, Puebla de la Calzada y Lobón (Badajoz) en 1904, las de Villena y Elche (Alicante), Mataró (Barcelona) y Belalcázar (Córdoba), la de  Bargas (Toledo) en 1907; siendo coetáneas a la de Madrid (1908): Tarrasa (Barcelona) y Baracaldo (Vizcaya).
El término Casa del Pueblo no fue exclusivo del entorno socialista, también lo utilizaron para sus sedes, en ocasiones, los anarquistas, los radicales lerrouxistas y sus escindidos seguidores de Marcelino Domingo -Partido Radical Socialista- junto con grupos republicanos de izquierda y hasta por los católicos de la órbita social-cristiana del P. Vicent y de Maximiliano Arboleya[8], pero es en el Socialismo donde se consolida y adquiere mayor peso y entidad; andando el tiempo se convertiría en un lugar común -tanto para militantes como para no militantes- identificar el nombre únicamente con el domicilio social de las organizaciones obreras exclusivamente socialistas mientras que en el ámbito católico social no cuajó en ningún momento como tal denominación, consecuencia de las escasísimas muestras que se dieron, y en los ambientes republicanos fue paulatinamente perdiéndose el término, mientras se consolidaban los títulos de “círculo”, “casino”, “ateneo” o, simplemente, “centro republicano”, dominando entre los libertarios el de “ateneo libertario”.
El número y la frecuencia en la construcción de las Casas del Pueblo siguen una evolución paralela (vid. figura1) a la situación económica española y a los vaivenes correspondientes al sector.
Figura 1. Frecuencia de construcción de Casas del Pueblo en tantos por ciento. (Fuente: elaboración propia).

Tras unos inicios francamente duros, se produjo luego un tímido ascenso aprovechando la estabilización económica del país y la relativa apertura política establecida por Maura en base a su programa regeneracionista y de modernización de España previamente a la Primera Guerra Mundial, hay ya un asentamiento bastante notable que se dispara durante el segundo decenio del siglo; la crisis de posguerra se hace notar, siendo una buena muestra la ausencia total de construcciones entre 1921 y 1922, mientras que la Dictadura de Primo de Rivera supuso una recuperación que coincide con el general auge constructivo y con el pacto tácito establecido entre el dictador y amplios sectores del socialismo sindicalista; el último periodo es el de mayor efervescencia, si bien contrasta con el parón constructivo que caracterizó a la República, un fenómeno que se dio también a escala mundial[9]. La explicación a esta presunta paradoja del boom de la construcción de Casas del Pueblo en medio de una crisis habitacional sin precedentes debe buscarse en el eufórico ambiente político y sindical de entonces que hizo aumentar la afiliación espectacularmente, a la vez que  lo hacían las finanzas del movimiento socialista.
Como en tantas otras cosas del socialismo hispano, no hubo una planificación premeditada a la hora de ir creando las sedes socialistas, ni se dieron nunca instrucciones estrictas en este sentido, de tal manera que la libertad fue total y la creación de las mismas estuvo en relación con la situación económica de cada sección, la voluntad de sus miembros o el empuje de alguna personalidad destacada en un momento dado. Valga como muestra de esta última tercera circunstancia, el afán constructivista[10] preconizado por el líder minero y alcalde de Mieres, Manuel Llaneza, quien además de defender las Casas Baratas e impulsar el mutualismo farmacéutico-sanitario, en sus artículos e intervenciones públicas reclamó también la constitución de cooperativas de consumo, la apertura de un orfanato y de escuelas para los hijos de los mineros y, por supuesto, la construcción de una red de Casas del Pueblo o centros obreros, que no servirían sólo para instalar las dependencias administrativas del SOMA, sino sobre todo para que cada afiliado encontrara en ellos “solaz, esparcimiento y distracción que le aparte del hediondo tugurio en el que termina de aniquilar sus energías y envenenar su espíritu”[11]
Lo que sí es cierto es que una vez que aparecía una de estas Casas, por emulación y simpatía, se iban creando otras de forma consecutiva en los alrededores, hasta tejer en algunas zonas una verdadera red de construcciones; en las provincias con poca implantación del movimiento obrero se tendía a consolidar el local al menos en la capital, pero tampoco fue siempre así. En ciertas provincias alcanzaron más importancia y notoriedad las Casas del Pueblo de algunas de sus villas y otras ciudades que las de la propia capital. Así, por ejemplo, las de Eibar y Tolosa en Guipúzcoa, Baracaldo en Vizcaya, Mieres en Asturias, Barruelo de Santullán en Palencia, Almansa en Albacete, Puertollano en Ciudad Real, Yecla en Murcia y, durante algún tiempo, la de Béjar en Salamanca resultaron ser mucho más pujantes que las de sus respectivas capitales provinciales.
En cuanto a su distribución geográfica (vid. cuadro 1), las Casas del Pueblo tuvieron en líneas generales una mayor o menor implantación en función de la fortaleza y consolidación de las organizaciones obreras socialistas y no tanto de la población o de la actividad exclusivamente industrial y minera. Así, cabría hablar de tres grandes áreas de desarrollo: la primera o de mayor impulso comprendería las zonas de Asturias, Andalucía, el País Vasco, Extremadura y Madrid; una segunda, de desarrollo intermedio, vendría representada por las de Levante, Castilla la Nueva, Aragón y Castilla la Vieja y León; la tercera y última, caracterizada por una débil penetración abarcaría las zonas de Navarra, Galicia, Islas Baleares, Islas Canarias, norte de África y Cataluña. La única provincia sin ninguna casa del Pueblo fue Soria, al igual que la ciudad autónoma de Ceuta; con una tan sólo, estaban Álava y Melilla; con menos de tres: Lérida, Gerona, Gran Canaria y Guadalajara; entre cuatro y seis: Orense, Albacete, Baleares, Cádiz, Lugo, Navarra, La Rioja, Salamanca, Segovia, Tenerife y Huelva; entre siete y diez: Albacete, Huesca, Segovia y Teruel. Sorprendentemente, pequeñas provincias en lo que respecta a su población como Ávila (con 12) o Zamora (con 13) igualaban casi en número a las entidades de Barcelona (12) u otras provincias mucho más habitadas. Razones históricas que coadyuvaron a una mayor o menor presencia de la UGT -o de alguno de sus sindicatos- en los distintos ámbitos geográficos del país están sin duda detrás de la “lógica” de las áreas y del número de sedes socialistas, pero también de algunas aparentes paradojas. Así, por ejemplo, en Cataluña, donde la hegemonía del anarquismo y el poco éxito de las organizaciones socialistas explicaría los bajos índices de Casas del Pueblo; o en Álava y Navarra, lugares en los que el peso del carlismo y de las fuerzas políticas y sociales de derecha debieron ser factores determinantes del bajo número también de sedes socialistas; incluso el caciquismo y sus mecanismos de control social y aún de represión de un conde de Romanones en Guadalajara debieron contribuir a hacer de esa provincia una de las de más escasa representación en centros obreros. Pero, por otro lado, la pujanza del sindicato de Trabajadores de la Tierra en zonas agrarias y de escaso desarrollo económico como Zamora, la región extremeña o determinadas zonas de Andalucía hizo que en ellas proliferasen las Casas del Pueblo. A veces, la cercanía geográfica a un gran "nudo" socialista debió representar un factor decisivo. Eso es lo que debió pasar en Ávila o en Segovia, por su cercanía a Madrid. Por el contrario, en otras ocasiones la geografía -al lado de otros elementos- se convirtió en una dificultad. Probablemente fue lo que sucedió en Baleares y Canarias, debido a su carácter insular, y en Ceuta y Melilla, por sus especiales circunstancias geográficas.

ZONA/TOTAL
PROVINCIAS
Nº DE CASAS
DESTACADAS
GALICIA -74CORUÑA14La Coruña
LUGO7 
ORENSE4Orense
PONTEVEDRA49Vigo
ASTURIAS -66ASTURIAS66Avilés, Mieres, Oviedo, La Felguera
CANTABRIA -19CANTABRIA19El Astillero, Reinosa, Torrelavega
PAÍS VASCO -21ALAVA1Vitoria
GUIPÚZCOA7Éibar, Tolosa, Rentería
VIZCAYA13Baracaldo, Bilbao, Portugalete, Gallarta, Las Arenas
NAVARRA -7NAVARRA7Pamplona
CATALUÑA -33BARCELONA13Barcelona, Mataró, Sitges, Tarrasa
GERONA3 
LÉRIDA2Granadilla
TARRAGONA15Falset, Reus, Tortosa, Vilaseca
COM. VALENCIANA -89ALICANTE26Alicante, Callosa de Segura, Elche
CASTELLÓN13Castellón, Vall de Uxó, Villarreal
VALENCIA50Carcagente, Cullera, Sagunto, Torrente, Valencia
MURCIA -21MURCIA21Cieza, Yecla, Murcia, Llanos del Beal
I.BALEARES -10BALEARES10Calviá, Esporlas-Ciudadela, Palma de Mallorca
CASTILLA Y LEÓN -128ÁVILA12Ávila
BURGOS21Miranda de Ebro, Arija
LEÓN32León, Ponferrada, Villager
PALENCIA13Barruelo de Santullán, Palencia
SALAMANCA6Béjar, Salamanca
SEGOVIA7 
SORIA0 
VALLADOLID25Medina del Campo, Tudela de Duero, Valladolid
ZAMORA12 
LA RIOJA -6LA RIOJA6Logroño
ARAGÓN -45HUESCA10 
TERUEL9 
ZARAGOZA26Ejea de los Caballeros, Zaragoza
EXTREMADURA -102BADAJOZ73Azuaga, Talavera, Badajoz
CÁCERES29Trujillo, Cáceres
MADRID -21MADRID21Aranjuez, Chamartín de la Rosa, San Lorenzo del Escorial, Madrid
CASTILLA-LA MANCHA-96ALBACETE6Albacete, Almansa
CIUDAD REAL26Alcázar de San Juan, Valdepeñas, Puertollano
CUENCA12Cuenca, Uclés
GUADALAJARA2Sigüenza y Guadalajara
TOLEDO50 
ANDALUCÍA -177ALMERÍA15Almería, Cuevas de Almanzora,
CÁDIZ4La Línea
CÓRDOBA25Córdoba, Bélmez, Peñarroya, Puente Genil,
GRANADA37Benalúa, Granada,
HUELVA6Huelva
JAÉN60Alcaudete, Arjona, La Guardia, Linares, Lopera, Navas de San Juán
MÁLAGA20Málaga
SEVILLA10Écija
ISLAS CANARIAS -9GRAN CANARIA3Las Palmas, Puerto de la Luz
TENERIFE6Tazacorte
NORTE DE ÁFRICA -2CEUTA1 
MELILLA1 
Cuadro 1. Distribución de las Casas del Pueblo documentadas en España. (Fuente: elaboración propia)
Los socialistas buscaron que  el emplazamiento de sus Casas del Pueblo estuviera en los lugares más céntricos de la ciudad o del pueblo. Aunque no siempre se cumplió ese ideal, siendo la casuística muy variada, en no pocos casos -como Almansa, Gallarta, Novelda, Puenteareas, Tolosa, Madrid, Moreda, Mieres o Valladolid-, se hacía expresa mención a la ubicación del edificio, señalando con énfasis que se encontraba situado “en la parte más céntrica de la villa”. Otras veces, procuraron que al menos estuvieran en los lugares de mayor densidad de población o en las calles de tránsito importante y hubo algún sitio, como en Valladolid, donde se conjugó la centralidad con que hubiera también un fácil acceso desde los barrios extremos de la ciudad. Ese símbolo de potencia que la Casa del Pueblo pretendió reflejar o representar se vio acrecentado allí donde -como en Madrid u Oviedo- a su alrededor, como una prolongación de la misma, surgieron o se alquilaron otros edificios, dando al conjunto un aspecto más impresionante. De ahí que cuando el Régimen del 18 de julio cierre las Casas del Pueblo no sólo lo hará para abolir los partidos y organizaciones obreras, sino para acabar también con esa "insultante" presencia en las ciudades, con ese "espacio público" socialista y con la mentalidad e influencia ideológica que suponían y así se explica el empeño que hubo, en muchos casos, de implantar o reconstruir las "Casas Sindicales" y las sedes de los Sindicatos verticales en los mismos espacios físicos de las antiguas Casas del Pueblo, con el mismo o parecido sentido con el que se erigieron las iglesias cristianas sobre las ruinas de los antiguos templos paganos.
Además de estas variantes macroespaciales, hay que considerar también todas las otras microespaciales. Una de ellas es la de los tipos de inmuebles en que se situaron y que reflejan la realidad de la vivienda en España durante esos años, su evolución y su diferente consideración y valoración social. El primer tipo sería el de los inmuebles de tradicionales que siguen modelos constructivos que se venían repitiendo en España desde mucho tiempo antes, a veces durante siglos. Como es lógico, presentan sus propias  variedades locales y regionales, también sus diferencias según se trate del ámbito urbano o del rural; de todas formas, responden siempre a esquemas espaciales y constructivos muy simples que no requieren en ningún caso un proyecto arquitectónico ni complicados cálculos de estructuras y empujes puesto que están basados simplemente en la experiencia y llevados a cabo por maestros de obras o los mismos albañiles que repiten soluciones constructivas que conocen sobradamente con estructuras muy simples, de un único piso o dos a lo sumo y plantas rectangulares que siguen los modelos arquitectónicos y el uso de los elementos y técnicas constructivas peculiares de cada zona. Suelen corresponder a las secciones más humildes y a las localidades de menos entidad poblacional y económica. A este tipo pertenecen la mayor parte de las Casas del Pueblo en régimen de alquiler, aunque también las hubo en propiedad con este mismo modelo. Todas ellas constituyen un muestrario completo de la variada arquitectura tradicional española, desde las viviendas de adobe o ladrillo castellanas y extremeñas (Almansa, Azuaga, Cáceres, etc.), pasando por las variantes serranas con dominio de la labor en cantería (Villlager de Laceana en León, San Lorenzo del Escorial en Madrid, etc.), las encaladas casas andaluzas (Montilla y Pozoblanco en Córdoba entre otras) y las levantinas (Jumilla en Murcia), toda la rica panoplia del Norte (casas mariñanas, caseríos, viviendas de marinos, etc.) y hasta la exótica nota de la arquitectura canaria (Puerto de la Luz). Incluso hay constatada la presencia de una pintoresca casa-cueva en Santa Fé de Mondújar (Almería). En segundo lugar están las llamadas “Casas por pisos”; al igual que en el caso anterior, es el tipo propio del sistema de inquilinato y de las agrupaciones ugetistas y socialistas más modestas. Para la opinión socialista tanto uno como otro eran mera soluciones temporales y de circunstancias, a la espera de contar con sedes “dignas”[12]. En la mayor parte de los casos, las reformas y la habilitación para su función de Casa del Pueblo se limitaban a amueblarlas y a colocar en los balcones carteles, banderas y otros símbolos alusivos referenciales.  Siguiendo esta escala de menor a mayor estarían las villas, quintas, y hoteles”; la vivienda familiar de la alta burguesía, ya fuera en el campo, en las afueras o en el propio corazón de las ciudades produjo una auténtica fascinación a la hora de escoger un modelo apropiado como Casa del Pueblo. La amplitud de su tamaño, unida a la impresión de “buen gusto”, de confort, de la sensación de privacidad reforzada con cercas y jardincillos, atrajo paradójicamente a la clase obrera que no sólo se limitó a comprar estos inmuebles en cuanto sus finanzas se lo permitían sino que cuando los construyó de nueva planta los imitó fielmente en todo, incluyendo los excesos y caprichos decorativos más marcados y ostentosos, como puede apreciarse en Gallarta (Vizcaya), Vigo (Pontevedra) –vid. figura 2-, Béjar (Salamanca), Pola de Laviana (Asturias), etc.

Figura 2. Casa del Pueblo de Vigo, Pontevedra. Fuente:Boletín de la UGT (BU), 1933. (Fundación Francisco Largo Caballero).

El escalón superior lo ocupan los palacetes y palacios. Viviendas de la nobleza, como el Palacio del duque de Frías en Madrid, o el de los marqueses de Verdesoto en Valladolid (vid. figura 3), y hasta algún antiguo convento como el de Lopera (Jaén) se reconvierten en Casas del Pueblo; esto es a la vez un acto de justicia y de venganza pero mezclado con una evidente admiración y asunción, inconsciente si se quiere, de un planteamiento que identifica la preeminencia social del grupo con el empaque del edificio que lo aloja.


Figura 3. Patio de la antigua Casa del Pueblo de Valladolid, palacio de los marqueses de Verdesoto. 
Fuente: Almanaque de El Socialista, 1928
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Plantar la bandera socialista en medio de un balcón tardobarroco y tapando las rejerías de un primitivo convento de clausura no se consideraba un anacronismo ni una falta de originalidad estética, sino un triunfo completo sobre los enemigos tradicionales del proletariado y del progreso, así como un indicador de los otros triunfos futuros. La presencia física de la Casa socialista en medio de la ciudad burguesa, con sus dimensiones y su decoración, con la altura de la fachada y su aspecto impresionante, era sólo un paso más hacia la conquista futura y total de la sociedad. Por contraste, el recurso a la  Arquitectura fabril, fue mínimo. Teóricamente, los amplios espacios cubiertos propios de las naves de una fábrica, de un almacén o de una estación de tren, eran de lo más apropiado para convertirse en lugares de reunión multitudinarios; resultaban fáciles y rápidos de construir, baratos por sus materiales -hierro, ladrillo...- y era éste el tipo que los obreros tenían más a mano y, sin embargo, salvo las excepciones de Llano del Beal y Bullas en Murcia,  Abenójar en Ciudad Real y Sotrondio en Asturias apenas se utiliza para Casas del Pueblo. Entre los socialistas se valora el trabajo, se le glorifica y se le concede un carácter sagrado y, sin embargo, a la hora de escoger el tipo de edificio que acoja a los trabajadores se huye del que mejor lo representa -la fábrica o el taller- y se tienden a primar o sublimar precisamente los más alejados de esta idea como la vivienda burguesa o los palacios.
Estrechamente vinculadas a la tipología habitacional se encuentran las tendencias arquitectónicas y estéticasEn la época en que nos estamos moviendo, es decir, entre 1900 y 1936, dominaban las corrientes arquitectónicas más tradicionales dentro del sector de la construcción española y esto siguió siendo así hasta finales de los años 20. En los ambientes académicos, en casi todas las escuelas de arquitectura, pero, sobre todo, en los proyectos de los gabinetes de los arquitectos de más prestigio primaban las soluciones ancladas en el historicismo y el eclecticismo más rancios[13]. Cierto es que el Modernismo jugó un papel importante, pero conviene recordar que este movimiento se circunscribió a unas zonas geográficas concretas y a unos pocos aunque muy significativos nombres consagrados; además, el Modernismo que cala y se difunde hasta llegar al hastío en ocasiones, es siempre la versión más suave y edulcorada, menos radical, y así frente a lo visionario de Gaudí lo que de verdad se impuso fue el decorativismo de un Puig i Cadafalch. Precisamente, este conservadurismo dominante hace que en la segunda década y coincidiendo en buena medida con la dictadura de Miguel Primo de Rivera surja un “revival” con un conjunto de “neos” que hunden sus raíces en los estilos presuntamente más hispánicos o castizamente regionales. Frente a este ambiente tan cerrado en sí mismo -aunque tampoco tan diferente a lo que ocurría en otros lugares del mundo- surgieron algunas voces inconformistas, discrepantes y renovadoras. Hubo un grupo de arquitectos que quisieron, y lo lograron, mirar más allá de nuestras fronteras e incorporar las vanguardias surgidas tras la Primera Guerra Mundial al quehacer constructivo. Como excepciones, comienzan tímidamente a asomar los ecos del “Art Decó” primero[14], del Expresionismo después y, por último, del Racionalismo propuesto por la Bauhaus y sus dos apóstoles -Gropius y Mies van der Rohes[15]-, lo que cristalizará en 1930 en la creación del fenómeno de mayor intensidad rupturista: el GATCPAC (Grup d'Artistes i Tècnics Catalans per el Progrés de l'Arquitectura Contemporánia) y el GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea), que difundieron sus ideas, mucho más abundantes que sus realizaciones, en su revista A.C. (Documentos de actividad contemporánea. 1931-37)[16].
De todas formas y como ya se ha demostrado profusamente, la influencia efectiva de esta ruptura que supuso el GATEPAC será muy posterior en el tiempo, casi habrá que esperar otras dos décadas y media para ver sus verdaderas consecuencias y su alcance en la calle[17]. La falta de sensibilidad, de entendimiento ante este nuevo lenguaje puede verse ejemplificada perfectamente en el, tantas veces citado, contraste del pabellón oficial alemán y el palacio español en la Exposición Universal de Barcelona: el monumentalismo ecléctico de Puig i Cadafalch en los palacios de Alfonso XIII y Victoria Eugenia "ahogó" literalmente la simplicidad y pureza del pabellón de Van der Rohes. La transcripción de esta imagen es obvia: no hubo un verdadero enfrentamiento entre tradición y vanguardia en la arquitectura española, porque la diferencia entre la magnitud de la una y la otra era abismal; ni la economía, ni la industria de la construcción, ni el gusto estético mayoritario, ni la formación de los promotores privados o públicos -excepción hecha quizás de la Generalitat catalana- presentaban las condiciones mínimas necesarias para recibir y aceptar un cambio tan grande que, en cambio, sí se aceptó en otras artes como la pintura, escultura y literatura, que convirtieron a España en un semillero vanguardista de primer orden[18]La relación entre la Arquitectura y el Socialismo en España durante estos años fue complicada y poco fluida en general. La mayor parte de los socialistas españoles,  no consideraban que estética y función conformasen un todo y aunque estuvieron inmersos, por lo que les atañía, en los debates que hubo sobre urbanismo y sobre la vivienda obrera, mostraron un interés muy poco significativo sobre los movimientos arquitectónicos que iban apareciendo y que acabarían revolucionando el lenguaje constructivo. No debemos engañarnos, tampoco, porque entre los arquitectos hubiera algún que otro atisbo de búsqueda de acercamiento con el movimiento obrero; cierto es, que en una fecha tan temprana como 1881, en el Primer Congreso de Arquitectura que se celebró en Madrid, D. Lorenzo Álvarez Capra presentó  una ponencia con un título tan elocuente y obrerista como éste: “Dada la organización actual de la Sociedad, ¿es o no conveniente la construcción de barrios obreros?” y que pocos años después, Arturo Soria hizo suya una reivindicación de raíz también socialista: “para cada familia una casa, en cada casa una huerta y un jardín”; y que, posteriormente, en los años 30, el GATEPAC también asumió principios tradicionales socialistas: democratización política, anulación de las diferencias sociales, defensa del higienismo, exaltación del trabajo, de la industrialización y del progreso de la ciencia y de la técnica. Hubo además un  significativo conjunto de arquitectos filomarxistas o filosocialistas, como Fernando García Mercadal, Bernardo Giner de los Ríos, Josep Torres Clavé, Josep Lluis Sert López, Rafael Bergamín Gutiérrez, Carlos Arniches Moltó, Secundino Zuazo Ugalde, Antonio Bonet, Martín Domínguez Esteban y Luis Lacasa, o los integrantes de la “Asociación de amigos de la U.R.S.S.” como  Manuel Rodríguez Suárez, Santiago Esteban de la Mora, Luis Blanco Soler y Ramón Aníbal Álvarez y, por supuesto, arquitectos plenamente socialistas de carnet y cuota al día como Gabriel Pradal Gómez, Francisco Azorín Izquierdo y Francisco Albiñana Corralé, entre otros, todos  los cuáles acabarían formando parte de la nómina de la “Depuración político-social de arquitectos” tras la Guerra Civil (Orden de 24 de febrero de 1940, B.O.E. de 28 de febrero de 1940). Pero, aún a  pesar de todo ello,  la preocupación sobre la Arquitectura y sus tendencias fue algo que casi no existió ni en el PSOE, ni en la UGT, ni en sus círculos de influencia. Las firmas más habituales en Hogar Obrero (Francisco Torquemada, Edmundo Lorenzo, Catalina Rodríguez, Antonio Sanmiguel, Ángel Sebastián, Sandalio Suárez, Carlos de Sena y -sobre todo- Volney Conde-Pelayo), la influyente revista de la Cooperativa socialistas de Casas Baratas Pablo Iglesias no realizan no ya ninguna aportación teórica, si no ni siquiera la más mínima reflexión sobre cuestiones arquitectónicas o estéticas. Probablemente, ni su formación intelectual en general ni sus conocimientos de arte y de arquitectura en particular permitían otra cosa. Extraña algo más, en cambio, que ni el arquitecto de la Cooperativa, Francisco Azorín, ni ninguno de los miembros de la Oficina Técnica, realicen tampoco análisis o comentario alguno a propósito de las concepciones arquitectónicas o estéticas que guiaron su quehacer en la entidad. La ignorancia, cuando no el desprecio –“juego de señoritos”- va a ser la tónica general sobre el enjuiciamiento que, salvo excepciones, ofrecen los dirigentes, las bases y los medios de comunicación socialistas ante las novedades constructivas. No deja de sorprender también la ausencia de artículos o trabajos sobre las nuevas corrientes arquitectónicas -en realidad, tampoco sobre las viejas- de los arquitectos socialistas Pradal, Azorín y Albiñana. Por otro lado, cuando en la prensa socialista se recogen artículos sobre, por ejemplo, la Casa del Pueblo de Bruselas o los edificios del Vooruit en Gante, apenas surgen comentarios sobre su estilo arquitectónico, el empleo de nuevos materiales o su incardinación en el contexto de la nueva arquitectura europea, limitándose tan sólo a lanzar frases elogiosas y muy genéricas a propósito de su  monumentalidad, altura o belleza. Este conservadurismo se explica por distintos caminos; por una parte porque los cambios y renovaciones arquitectónicas fueron también rechazados y obstaculizados por clientes, constructores y ámbitos académicos ajenos al socialismo en España; también porque existía una oposición, casi nos atrevemos a decir que visceral, hacia todo lo que supusiera vanguardia artística por parte de los socialistas, y las vanguardias arquitectónicas no constituyeron una excepción a esta regla genérica. En general, la actitud de los partidos socialistas europeos fue bastante displicente respecto a los movimientos de renovación artística y al arte en general, aunque, ciertamente, puedan señalarse excepciones como la belga -recordemos a Vandervelde, Jules Destrée y Edmond Picard- o la alemana -donde la Bauhaus y Gropius contaron con el apoyo decidido de la Liga Sindical-. Pero también en estos dos países, como en el resto de Europa, lejos de imponerse los nuevos lenguajes arquitectónicos, la mayor parte de sus Casas del Pueblo están construidas siguiendo pautas neoclasicistas o folkloristas como concepción de base y con un estilo dominante que muy bien puede ser definido como ecléctico. Por contra, la actitud de los grupos libertarios fue siempre más abierta y comprometida con la renovación estética, no teniendo inconveniente alguno en abrazar un buen número de las vanguardias artísticas que nacen y se desarrollan a lo largo del primer tercio del siglo XX. Por último, está el hecho de que la mayor parte de las Casas del Pueblo fueron levantadas con la ayuda de afiliados y simpatizantes (vid. figura 4) y, en muchos casos, ellos mismos hicieron desde el proyecto inicial hasta el tejado; la intervención de los arquitectos fue mínima y reservada a los edificios más representativos puesto que el grueso de los mismos se realizó bajo la dirección de albañiles aventajados y maestros de obras. Estos hombres suplían su falta de formación especializada con una carga de conocimientos empíricos que les llevaba a reproducir los sistemas constructivos tradicionales y las fórmulas estéticas a las que estaban acostumbrados por su trabajo diario, huyendo así de cualquier experimentalismo y adoptando y perpetuando los modelos que más éxito tenían, es decir, los más fácilmente aceptados y conformes a los gustos de constructores y clientes.

Figura 4. Simpatizantes y afiliados socialistas trabajando en la construcción  de la Casa del Pueblo de Turón. (Museo del Pueblo de Asturias).

Si observamos el figura 5 que resume los estilos artísticos, veremos que hay muestras de casi todos ellos  aunque no debe llevarnos a engaño esta pluralidad aparente porque lo cierto es que el porcentaje de participación de cada uno de los estilos representados indica una realidad muy distinta y bastante alejada de nociones como las de vanguardia, experimentalismo y renovación.

Figura 5. Resumen estadístico de los estilos arquitectónicos empleados en las Casas del Pueblo españolas,  por porcentajes. A: estilo popular-tradicional, B: Eclecticismos, C: Historicismo, Regionalismo y "neos", D: Art Decó, E: Modernismo, F: Racionalismo y Expresionismo. (Fuente: elaboración propia).

El predominio casi absoluto del estilo popular-tradicional, junto con el peso del eclecticismo decimonónico, dejan las otras tendencias reducidas casi a un carácter testimonial, si bien corresponden con las Casas del Pueblo de mayor proyección y envergadura material, sin duda. Citemos alguna de estas muestras, aunque nada más sean por su carácter excepcional:  la Casa del Pueblo de Córdoba diseñada por Azorín con sus falsos arcos de yeso, sus mocárabes, sus arcos mixtilíneos y lobulados y una portada de herradura baja  en el más puro neomudejarismo de las plazas de toros y las casas de los flamencos, "vicios" ambos considerados paradójicamente abominables por la ética socialista (vid. figura 6); las modernistas de Béjar y Avilés, ésta última en su variante de la Secesión vienesa (vid. figura7 ); los espectaculares proyectos neorregionalistas de Mieres (vid. figura 8), y Moreda en Asturias; la joya expresionista de la Casa del Pueblo de Baracaldo (vid. figura 9) y la racionalista nueva Casa del Pueblo de Oviedo (vid. figura 10).  

Figura 6. Casa del Pueblo de Córdoba, neomudéjar. Arquitecto: Francisco Azorín. Fuente: BU, 1933.

Figura 7. Casa del Pueblo de Avilés, 1933. (FFLC).


Figura 8. Casa del Pueblo de Mieres, años 20 (MPA)


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Figura 9. Casa del Pueblo de Baracaldo en los años 30. (FFLC)



Figura 10. Casa nueva de Oviedo, años 30. (FFLC).
Implicaciones económicas
La mayoría de los dirigentes socialistas, pero también los simples afiliados, se mostraron totalmente unánimes a la hora de decidirse por el régimen de propiedad frente a al de alquiler con respecto a las Casas del Pueblo, y esto desde muy pronto[19]. Sólo un escaso 7 por ciento de los inmuebles estaban en régimen de alquiler en 1936. Para conseguir la tan ansiada propiedad hubo multitud de fórmulas, algunas muy imaginativas, ya fuera para adquirir los edificios ya construidos (72% de los casos), o bien para edificarlos de nueva planta (28%) sobre un solar previamente comprado u obtenido mediante la cesión de Ayuntamientos o particulares. En el primer supuesto, con la adquisición del edificio ya construido, fueron así mismo muy corrientes las obras de reorganización y reforma de la casa, generalmente motivadas por el aumento de las organizaciones, lo que obligaba a ampliar el número de habitaciones dedicadas a secretarías o a modificar su tamaño, pero también por el deseo de mejorar la fachada, disponer de algún piso más, habilitar un amplio salón de reuniones o salón-teatro o, simplemente, remozar zonas del edificio que pudieran encontrase deterioradas o en mal estado. Sea como fuere, con una u otra fórmula de acceso al domicilio social, lo cierto es que, al igual que ocurriera en otros socialismos europeos, hubo una confianza desmesurada en la propiedad patrimonial, a la que se daría una consideración de “riqueza en potencia”, “valor seguro”, etc., con el mismo o parecido sentido económico que pudiera tener para un rentista tópico de los que aparecen retratados en las novelas de Benito Pérez Galdós o de Baroja. 
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Las instituciones que promovieron la creación de Casas del Pueblo (vid. cuadro 2) son un calco de las que conformaron el socialismo hispano en general y un reflejo de los sectores del movimiento obrero. En la cúspide estaban las agrupaciones sindicales vinculadas al mundo rural (un 37'1%), de las cuales la Federación de Trabajadores de la Tierra se apuntó por sí sola más de la tercera parte, consecuencia de la influencia conseguida en los pueblos y en las poblaciones menores de 5.000 habitantes, uno de los rasgos más peculiares que hubo aquí y que difícilmente se encuentra en otros países. La segunda posición fue detentada por las Federaciones Locales y las agrupaciones de sociedades y oficios varios que eran las fórmulas más presentes en las capitales de provincias y demás municipios. Mientras que en Francia, Bélgica y Alemania buena parte de las Casas del Pueblo fueron primigeniamente sedes de cooperativas, sociedades benéficas, sociedades de socorros mutuos y bolsas de trabajo, esta función motora quedó relegada en España a un tercer puesto entre los promotores de las mismas (13'5%). En multitud de ocasiones, la pertenencia a la UGT de los sindicatos y agrupaciones locales obreras se hacía tras años de su existencia y la organización socialista como tal no intervenía directamente ni en su génesis ni, mucho menos, en su emplazamiento en las Casas del Pueblo; por eso, la UGT sólo figuró como propietaria en el 8'2% de los casos, aunque en buena medida se le podrían sumar también aquellas promociones en que lo hizo conjuntamente con el partido, las agrupaciones socialistas o los antiguos Círculos Obreros socialistas, hasta llegar así a casi la sexta parte del total; en cualquier caso, un porcentaje muy alto si lo comparamos con la cifra ínfima que supone la titularidad exclusiva del Partido Socialista reducida a un simbólico 0'5%, similar por cierto al de las radicalizadas Juventudes Socialistas. El estudio de las entidades nos indica también el gran peso de algunos sectores profesionales, al margen del ámbito campesino. Las sociedades de albañiles, canteros, metalúrgicos, ferroviarios y demás disfrutaron de una afiliación y de una potencia económica lo suficientemente considerable como para llevar a cabo proyectos inmobiliarios, al igual que el sindicato minero, especialmente el SOMA asturiano[20] y otros tales como las uniones de marineros, pescadores y mareantes del Mediterráneo y de la costa pontevedresa o el sindicato del papel vizcaíno.

PROMOTORES
Porcentaje
Cooperativas, Sociedades benéficas, sociedades de socorros mutuos,
sociedades de resistencia
13'5%
Agrupaciones de sociedades y oficios varios, Federaciones
locales
18'7%
Sociedades de braceros, agrícolas, trabajadores de la Tierra,
labradores
37'1%
Comisiones Procasa del Pueblo, centros obreros, sociedades
instructivas
7%
Sociedades de albañiles, canteros, metalúrgicos, carpinteros,
ferroviarios, loza y similares
3%
Unión de marineros, pescadores y mareantes
1'4%
Sindicato Minero
2'8%
Sindicato del papel
0'7%
UGT y PSOE, Agrupación socialista, círculos obreros socialistas
6'6%
UGT
8'2%
PSOE
0'5%
Juventudes socialistas
0'5%
Cuadro 2. Promotores e intervinientes en la adquisición y compra de Casas del Pueblo (Fuente: elaboración propia).

En lo que respecta a los sistemas de financiación, teniendo en cuenta además que ni la tesorería central del PSOE ni menos aún la de la UGT habilitaron jamás partida alguna para tal fin, tuvieron que ser las “juntas pro Casa del Pueblo” creadas al efecto o las organizaciones sindicales o cooperativas promotoras las que en cada caso se las ingeniasen para afrontar tales desembolsos. En paralelo a estas “juntas”, se crearon también en muchos lugares como fórmula de sostenimiento y para posibles crecimientos posteriores, las  “Asociaciones de amigos de las Casas del Pueblo”. Fuera cual fuera el organismo gestor, se recurrió a múltiples fórmulas que, frecuentemente se combinaban entre sí. Los sistemas más utilizados (en torno al 60%) iban desde la venta de acciones y obligaciones (vid. figura 11) entre los afiliados y simpatizantes de todo tipo. La emisión de acciones estuvo muy generalizada siendo lo más corriente que tuvieran un valor entre 25 y 10 ptas. En Eibar, sin embargo, para la construcción de la nueva Casa del Pueblo se hizo en enero de 1918 una emisión de 99.960 ptas. en obligaciones de 60 ptas. cada una, amortizables en 98 años. Lo normal era que los obreros pagasen las acciones en metálico, pero sabemos de algunos sitios, como Tarazona de la Mancha, en Albacete, donde podían hacerlo a través de prestaciones personales como trabajar en la propia construcción o reforma del edificio. No deja de ser curiosa la recurrencia a un  sistema que copia el fundamento financiero del capitalismo por un movimiento que se opone frontalmente a él.

Figura 11. Obligación por valor de 5 ptas. de  la Casa del Pueblo de Alicante, 1911. (FFLC).

Con parecida frecuencia se recurría a los endeudamientos hipotecarios establecidos con determinados socios y, más frecuentemente, con los Bancos y Cajas de Ahorro, lo que iba invariablemente vinculado con las cuotas voluntarias o incrementadas de los socios. Así, por ejemplo, en 1901 los gremios que formaban la Agrupación Socialista de Mieres acordaron que cada afiliado que cotizase dejara en lo sucesivo, junto a su cuota, la cantidad de 25 cts. para constituir el fondo con el que se habría de construir la Casa del Pueblo del barrio de Requejo. Algunas otras -no más de una decena- se acogieron al sistema de financiación de la Cooperativa Socialista de Casas Baratas “Pablo Iglesias” que propuso en su Iº Congreso Nacional (del 21 al 28 de febrero de 1931) esta nueva actividad inmobiliaria entre sus objetivos prioritarios[21].  Pero hubo muchos más sistemas para allegar fondos y de lo más imaginativo; por ejemplo se recurrió a rifas, sorteos, veladas, etc. e incluso en algunas Casas, como la de Valladolid, Écija en Sevilla o la de Baeza en Jaén, se pusieron en arriendo algunas habitaciones o un piso entero del edificio y otras viviendas para satisfacer parte de las deudas contraídas con su construcción; también, se invirtieron en ellas los beneficios obtenidos de otro tipo de propiedades a nombre de los sindicatos socialistas ya fueran fincas de labor, montes o pastizales, minas (como las de San Vicente en Asturias),  cooperativas de consumo y hasta entidades médico-farmacéuticas. Caso aparte fue el recurso a la aportación directa de mecenas filosocialistas, como la increíble peripecia contributiva de Juan March en la Casa del Pueblo de Mallorca (vid. figura12).  

Figura 12. Casa del Pueblo de Palma de Mallorca.
Almanaque de El Socialista
, 1928.

Donada por el conocido y turbio hombre de negocios mallorquín empeñado en luchar tanto contra los mauristas como contra los anarquistas por lo que se volcó en ayudar al socialismo balear con esta fabulosa Casa del Pueblo inaugurada el 20 de enero de 1924 -no pudo hacerse antes, como estaba previsto, por el advenimiento de la Dictadura-, con un coste de unas 450.000 ptas., siendo su proyectista el afamado arquitecto Guillermo Forteza. Tenía planta baja, primer piso y cuatro grandes torres sobre los extremos del terrado, destacando un amplio salón-teatro con cabida para más de mil personas. Su efectivo funcionamiento supuso una revitalización del sindicalismo socialista en Palma de Mallorca, fundándose en octubre de 1925 la UGT de Baleares. Sabemos también de la aportación de algún patrono como Jesús García Naveiras (Betanzos -La Coruña-) y la decisiva aportación del empresariado minero del carbón en Asturias; a partir de 1917, el SOMA tuvo como una de sus grandes fuentes de ingresos la retribución que la patronal le daba para su propio mantenimiento y que era de 1,25 ptas. por tonelada de carbón extraída. No fue algo extraño el que políticos ajenos al ámbito socialista aunque colaboradores cercanos en algunos casos, apoyasen la fundación y sostenimiento de Casas del Pueblo tal y como hizo, por ejemplo el líder reformista Melquiades Álvarez en Asturias, el republicano federal José Franchy y Roca en la apertura de la sede en  Las Palmas de Gran Canarias o Blasco Ibáñez en la creación en 1903 de la primera Casa del Pueblo de Valencia. Hubo casos, incluso, en que las Casas del Pueblo se edificaron gracias a herencias y donaciones como en  La Guardia (Jaén) en que D. Blas Torres Vadillo legó en 1938 una suma de dinero con la condición de que se establecieran escuelas o Medina del Campo (Valladolid) beneficiada por D. Emilio Ramos Rodríguez que deja en herencia en Madrid una serie de casas para esta entidad en 1934. Otro tipo de aportación que se dio y ésta de forma prácticamente generalizada en toda España por parte de los afiliados, fue la de contribuir gratuitamente como mano de obra en el proceso de construcción, usando para ello de los domingos y horas fuera de la jornada laboral diaria; el impacto propagandístico de estas "corveas" voluntarias tuvo su correspondiente reflejo en los órganos de comunicación socialista que incluyeron documentos gráfico de las brigadas de obreros en pleno esfuerzo constructivo magnificando este sistema ya que nunca supuso más allá del 11% del total. Hubo también, finalmente, Casas del Pueblo que fueron fundadas por entidades no socialistas y que acabaron integrándose en la UGT, siendo el caso más pintoresco el de la Asociación Católica de Villabáñez en Valladolid.
Los aspectos organizativos de las Casas del Pueblo siguieron siempre las mismas o parecidas reglas y estructuras que otros espacios de sociabilidad de muy distinto público como los casinos y clubs sociales, si bien con alguna que otra peculiaridad. La Casa del Pueblo de Madrid (vid. figura13) fue en esto, como en muchas otras cosas, la que marcaría la pauta para el resto de España y su evolución y problemática fue también imitada en buena medida por todas las demás.

Figura 13. Exterior de la Casa del Pueblo de Madrid e interior de una de las Secretarías. 1930 (FFLC).

En la escritura de propiedad ( fechada el 2 de agosto de 1907), en el documento privado que reconocía la copropiedad a todas las sociedades que habían aportado cantidades para la mejora del inmueble (24 de junio de 1912) y en las sucesivas escrituras de prórroga de la misma (31 de julio de 1918 y de 1928) se establecía que la administración y régimen interior de la Comunidad, es decir, cuanto afectara a la conservación y mejoramiento de la finca, sería regulado por una Asamblea  compuesta por un representante de cada una de las Sociedades copropietarias, y que la Asamblea confería su representación y delegaba sus facultades ejecutivas en una Junta administrativa compuesta de siete individuos. Entre las funciones de la Junta, tal y como señalaba un documento de junio de 1927, estaban la de cumplir los acuerdos de la Asamblea, aprobar o suspender los actos que se celebrasen en la Casa, resolver las cuestiones imprevistas o de interpretación que pudieran tener las sociedades domiciliadas, mantener estrechas relaciones con las demás Casas del Pueblo de España, publicar un órgano trimestral, administrar “escrupulosamente” –se remarcaba- los fondos sociales, proceder contra las sociedades que no pagasen los alquileres de secretaría y auxiliar a los militantes de otras localidades que llegaran a Madrid en busca de trabajo -. La Asamblea, por otra parte, arrendaba el inmueble objeto de su propiedad a la representación oficial de la Casa del Pueblo autorizándola para que pudiera subarrendar los locales a las diferentes sociedades obreras. Del precio del arriendo, la Asamblea o su Junta administrativa pagarían los gastos de contribución, agua, seguro de incendios, conservación del edificio y los que se juzgaran indispensables, reservándose, en todo caso, el 20% del precio para la amortización de los desembolsos hechos por las sociedades copropietarias. Se indicaba también que no se consentiría la convivencia en el edificio de dos sociedades dedicadas al mismo oficio y que toda organización obrera de resistencia o de otro orden -sociedad de socorro, mutualidad, etc.- que deseara convivir en la Casa del Pueblo debía solicitarlo por escrito a la Junta Administrativa, remitiendo dos ejemplares de su reglamento y comprometiéndose a cumplir las reglas propias del centro. Extinguido el Consejo de Dirección, muchas de sus funciones fueron asumidas por la Junta Administrativa de propietarios y en noviembre de 1928 se aprobó el reglamento de la Casa del Pueblo con el que se pretendía articular definitivamente todo lo relativo a sus fines, organización social y administrativa. Por entonces se elaboró también un proyecto de contrato por el que la Casa del Pueblo tomaba en arriendo a la Comunidad de Sociedades copropietarias la finca número dos de la calle de Piamonte. En él se concertaba el arriendo por el tiempo de diez años y un canon anual de 15.000 ptas. El contrato se renovaría tantas veces como fuera preciso, hasta que se cumpliera la cláusula octava de la escritura de copropiedad, es decir, hasta el día en que reintegradas todas las cantidades que las sociedades copropietarias tenían desembolsadas, el inmueble pasara en pleno dominio a la entidad social Casa del Pueblo de Madrid. Durante los años treinta la responsabilidad de la gestión administrativa, social y económica de la Casa del Pueblo seguiría recayendo sobre la Junta Administrativa, la cual debía dar cuenta de su gestión tanto a la Asamblea de sociedades copropietarias -ahora denominada Pleno de delegados del Consejo de Copropiedad- como a las Juntas directivas de todas las sociedades domiciliadas en el centro obrero. Como ocurriera desde el primer momento, el Pleno de delegados podía juzgar y, en su caso, aprobar o rechazar la gestión de la Junta Administrativa, mientras que las Juntas directivas de las sociedades de la Casa del Pueblo -las de las no copropietarias se entiende- sólo tenían derecho a conocer esa gestión. Hasta 1921, la vida económica de la Casa del Pueblo dependió exclusivamente de las cuotas que cada entidad abonaba por el alquiler de su secretaría, cuotas que, a su vez, estaban en relación proporcional con el número de socios de la entidad. A pesar de que se pretendió una total autosuficiencia,  pronto aparecería el déficit como consecuencia de la divergencia entre unos ingresos que apenas crecieron y unos gastos que fueron en continuo aumento. Mientras que la cantidad que las sociedades pagaban por alquileres de secretarías prácticamente no se modificó o se modificó muy poco -desde 1916 y hasta 1920 las sociedades copropietarias, que eran la gran mayoría, abonaron el mismo dinero todos los años-, la partida de gastos, especialmente en lo referente a los sueldos del personal de la Casa –“servidores”, como se les denomina en los documentos internos-, aumentó sin cesar. Por otro lado, no era infrecuente que, con el pretexto de una difícil situación económica provocada por diversas causas -crisis del sector o del oficio en la ciudad, haber tenido que hacer frente a una costosa huelga o disminución del número de socios que hacía bajar el monto de las cotizaciones que percibía el sindicato o sociedad de oficio-, algunas entidades no abonasen temporalmente sus pagos o lo hicieran con no poca demora. La iniciativa para poner fin a esta situación correspondió a la Sociedad La Unión General de Conductores de Carruajes y Similares de Madrid, la cual en mayo de 1921 proponía al pleno de directivas la aprobación de un Presupuesto formal de ingresos y gastos de la Casa del Pueblo y elaboraba unas Bases que habían de regular el Presupuesto y donde, entre otras cosas, se indicaba que este instrumento económico se presentaría todos los años y en la primera quincena de noviembre al pleno de Directivas. Con el objetivo de terminar con los déficits endémicos en primer lugar y servir después “de principio a otros propósitos de mayor trascendencia”, el nuevo presupuesto, y a partir de él todos los siguientes, descansaba sobre dos novedades importantes: un aumento significativo de las cuotas a pagar por las sociedades (un 75% del total), y, en segundo lugar, el cobro en concepto de alquiler por la utilización de los salones de la Casa del Pueblo. A partir de los presupuestos para 1931 se incluyó también el capítulo llamado de solidaridad, el cual constaba de tres artículos: a las colectividades, a los transeúntes y los donativos. El de mayor cuantía de todos los gastos fue siempre el de personal, rondando entre la mitad y las tres cuartas partes del total, y es que la Casa del Pueblo de Madrid contó con un número importante de personas retribuidas a su cargo. En 1921, eran trece las personas que prestaban servicio -seis conserjes con sueldo de 3.000 pts anuales, tres mozos de limpieza (2.700 ptas. cada uno), tres mujeres de limpieza (1.800 ptas. cada una) y un electricista (3.000 ptas.)-; en 1936, año del mayor número de sirvientes, habían pasado a ser veintiséis, de los que veinte eran numerarios y seis eventuales y supernumerarios. Todos ellos eran militantes socialistas o miembros de alguna sociedad de resistencia y los puestos se cubrieron normalmente a través de un concurso interno que podríamos llamar de “méritos” y donde la capacidad profesional iba de la mano de la valía personal de los candidatos y de su trayectoria sindical. Se respetó siempre, como no podía ser menos, la jornada de trabajo de ocho horas y los descansos preceptivos según las leyes en vigor, y sus sueldos, que podemos calificar de normales, ni altos ni bajos en comparación con el salario habitual de sus oficios en la época, experimentaron con el paso del tiempo un crecimiento moderado. Este proceso se vio interrumpido excepcional y transitoriamente en 1936, cuando, por efecto de la crisis económica que padeció la Casa del Pueblo a raíz de su clausura por los sucesos de 1934, tras su apertura se les redujo el sueldo y trabajo a quince días por mes.

La creación de un espacio socialista propio, identitario y diferenciado
Para buena parte de sus fundadores y promotores, las Casas del Pueblo eran los “templos de la clase obrera” y el “hogar común del proletariado”. En muchas ocasiones, se las veía como la perfecta contraimagen de las viviendas obreras. Mientras de éstas se decía que eran zahurdas, chabolas, antros, cuadras, tugurios... sin ventilación ni salubridad, pequeñas, oscuras y antihigiénicas, aquéllas constituían, por el contrario, una construcción “grande, amplia, limpia, higiénica, llena de aire y de luz...”, domicilio común de los obreros, de unos obreros que la sentirían como propia no sólo como individuos, sino también, y sobre todo, como clase social. En alguna ocasión llegó a ser definida incluso como “un Estado dentro del propio Estado”[22].  Pero los términos empleados más frecuentemente para referirse a ellas en un claro ejercicio de geografía percibida, eran, además de los dos ya mencionados, los de “baluarte”, “aula” y “escuela”, “fragua donde se templan conciencias rebeldes”, “símbolo” y emblema del poder de la clase obrera o de los tiempos nuevos”, “muro de defensa frente a las influencias burguesas”, “palacio del trabajo”, “ciudadela”, “fuerza colectiva”, “matriz  y motor de una conciencia de clase”, “forja de voluntades y de caracteres o del hombre nuevo”, etc., etc. en una especie de letanía laica que trasluce perfectamente la idea de crear un espacio propio en el que se llevasen a la práctica, si bien a pequeña escala, todos los valores, modalidades vitales y proyectos político-sociales vinculados al Socialismo, constituyendo a la vez tanto un ejemplo atractivo para el entorno como un anticipo promisorio de la sociedad sin clases. Pero frente a este espacio idealizado y un tanto utópico, ¿qué eran en realidad? y ¿qué funciones trataron de cumplir las Casas del Pueblo en España?:
A.-Primigeniamente, se concibieron como lugares de reunión y como focos de formación y concienciación política. Como tales focos de formación ideológico-política, el precedente de las Casas del Pueblo habría que buscarlo, como ya se dijo, en los clubs jacobinos del siglo XVIII, e incluso podíamos remontarnos aún más en el tiempo e incluir como prototipos y modelos en cierto modo las logias masónicas y hasta los exclusivos clubs británicos.Este primer objetivo encaminado básicamente a la  formación y concienciación política contó con innumerables medios y actividades a su servicio, desde la simple e improvisada conversación o discusión política hasta la organización metódica de reuniones, conferencias, charlas y mítines, todos ellos verdaderos modelos, con sus variantes, de la transmisión propagandística de mensajes; canal de información que se completaba y, a la vez, tenía como marco las celebraciones ya fueran las del Primero de Mayo[23], el aniversario de la Comuna o el de la fundación de agrupaciones o sociedades de resistencia; sin olvidar también que muchos de los actos culturales o de entretenimiento llevados a cabo en los salones de las Casas del Pueblo -veladas, representaciones teatrales, números musicales, etc.-, tenían implícita casi siempre una evidente carga política y de identificación con los principios nucleares del ideario socialista.
B.-A esta función de centro de reunión y de debate, de agente socializador, gracias al cual se difundían ideas, se formaban pautas de conducta y se reforzaba la conciencia de grupo, se van a ir añadiendo otras que a la larga acabarán convirtiéndose en primordiales desplazando a ésta a un lugar menos llamativo. Tal es el caso evidente de la labor cultural y educativa. La aparición de bibliotecas fue muy temprana;  en algunas,  de las cuales llegará a funcionar con el tiempo una sección circulante (vid. figura14), es decir, un servicio de lectura a domicilio, lo que, frente al viejo modelo de biblioteca "de consulta", supondrá una concepción original, novedosa y mucho más práctica del uso del libro.

Figura 14. Quiosco de la biblioteca circulante de la Casa del Pueblo de Gijón, años30. Colección Constantino Suárez (MPA).

La existencia de estas bibliotecas, si bien de dimensiones reducidas casi todas ellas, es un claro exponente del interés socialista por la educación de los obreros y por aumentar sus niveles de lectura en una época en que muy pocas ciudades -no hablemos del ámbito rural- contaban con bibliotecas públicas. Las más importantes en cuanto a número de volúmenes fueron las de Madrid, con algo más de 5.000 volúmenes; Valladolid, que alcanzaría los 2.000; Vigo, con 1.750; Écija, con 1.700; Jaén, con 1650; Oviedo, con 1.300 y Eibar, Pamplona, Callosa del Segura y Badajoz, con aproximadamente 1.000 volúmenes cada una. A las bibliotecas y grupos de lectura, pues también de éstos tenemos conocimiento en algunas Casas del Pueblo, habría que añadir las escuelas para adultos o para los propios hijos de los obreros, concebidas como un sustitutivo de la deficiente educación oficial. Aunque el cuadro de materias de estas escuelas apenas se diferenciaba del de las oficiales, desde el punto de vista de la metodología pedagógica pusieron especial empeño en subrayar su carácter laico y racionalista, una concepción activa de la enseñanza, la centralidad del niño en el proceso de aprendizaje o una especial consideración del trabajo como elemento nuclear de la educación, sin olvidar que, como centros de enseñanza socialista que eran y dirigidos en su inmensa mayoría por maestros socialistas participaban del ambiente militante en que se desenvolvían. La primera de la que tenemos noticia es la de la Casa del Pueblo de Alcira, fundada en 1903, seguida dos años después por la de Almansa y la del Centro de Sociedades Obreras de la calle de Relatores de Madrid. Entre las más concurridas habría que destacar las de Villarreal en Badajoz, con aproximadamente 300 alumnos, Sama de Langreo y Turón, ambas en Asturias, con casi 250 y 200 alumnos respectivamente y Chamartín de la Rosa en Madrid, con otros 200. Este esbozo quedaría incompleto si no mencionaramos también la creación de grupos esperantistas y su actividad educativa -clases del idioma internacional y también de cultura general- en las Casas del Pueblo de Madrid, Barcelona, Zaragoza, Badajoz, Bilbao, Valencia, Córdoba y Sevilla, y el desarrollo de pequeñas experiencias de formación técnica o profesional en las de Oviedo, Madrid, Sevilla, Béjar, Reinosa y Valencia. La labor cultural incluyó también la creación y desarrollo de grupos teatrales y de coros y orfeones que obligaron a que los salones de reuniones adquiriesen la forma de “salones de actos” y hasta de auténticos teatros que, en muchas ocasiones, nada tenían que envidiar a los profesionales y que a partir de la extensión del  cinematógrafo como espectáculo de masas van a servir también como cinemas. Los salones de mayor aforo fueron los de Madrid, inaugurado tras profunda reforma el 29 de abril de 1915 y con capacidad para cerca de 4.000 personas; Vigo (2.000 personas); Palma de Mallorca (algo más de 1.000 personas); Salamanca, con un impresionante teatro-salón de actos construido de piedra y hierro y cabida para 1.000 personas; Gallarta y Tarazona de la Mancha (800 personas respectivamente); y Oviedo y Mieres (unas 500 personas de aforo). En Sama de Langreo y dependiente de la Casa del Pueblo, el SOMA construyó el teatro “Manuel Llaneza” con capacidad para las 1.000 personas (vid. figura15).

Figura 15. Teatro “Manuel Llaneza” de la Casa del Pueblo de Sama de Langreo, 1927. (MPA).

C.-Otra función que asumen las Casas del Pueblo y que acaba muchas veces desplazando a la principal es la de servir como lugar de encuentro social y de esparcimiento, a imagen y semejanza de cafés y casinos, así como de alternativa a la taberna proletaria tradicional o a las nuevas formas de los cafés-cantantes y cabarets. Frente a esto, el Socialismo se decantó a menudo por el modelo de café burgués con su mobiliario pretencioso, sus grandes espejos en las paredes, los camareros uniformados, las veladuras de mármol, las novedosas máquinas express niqueladas, el higienismo -presencia de escupideras, moderación en el consumo alcohólico, etc.-, la disponibilidad de periódicos y revistas... Puede decirse, que no hubo Casa del Pueblo, por muy humilde que fuera, que no se sintiera orgullosa de su Café (Vid. figura16).

Figura 16. Interior del café de la Casa del Pueblo de Madrid, años 20 (FFLC).

Los socialistas españoles, como los de casi todo el resto del mundo, lucharon denodadamente contra las tabernas y contra el consumo inmoderado de alcohol. En buena parte de las bibliotecas de las Casas del Pueblo se podían encontrar ejemplares de la obra divulgativa El alcoholismo y sus estragos[24] y se asumían principios como éste sacados de  La Aurora Social -nº 53 de 1900-: “De la taberna sólo sale nuestro embrutecimiento, los crímenes que nos igualan a las fieras y nuestra miseria y la de nuestros hijos” y, a comienzos de siglo, hubo en algunos lugares ligas antialcohólicas aunque lo cierto es que en los cafés de las Casas del Pueblo, siempre se permitió la venta de alcohol. En realidad, este hecho no fue exclusivo del caso español. En toda Europa los socialistas se movieron entre la condena absoluta del alcohol, formando grupos y aún federaciones y la permisividad frente a un consumo moderado del mismo; permisividad que en ocasiones derivaba del convencimiento de la imposibilidad de acabar con un elemento que era desde antiguo parte inseparable de la vida cotidiana de los trabajadores. Donde sí parece que hubo una prohibición absoluta fue en los juegos de azar, llegándose incluso, como en el café de la Casa del Pueblo de Madrid, a no permitir “ninguna clase de juegos, aunque sean de los llamados recreativos”.
D.- Las Casas del Pueblo se caracterizaron también por su función civilizadora, secularizadora y de moralización de la clase trabajadora. Aunque gran parte de las actividades culturales y deportivas -y aún otras de muy diferente signo- tuvieron un claro propósito de elevación moral del obrero, los centros socialistas se destacaron por promover y participar en grandes campañas de carácter ciudadano, defendiendo las más variadas causas: contra la guerra y el servicio militar discriminatorio, en contra de la carestía y a favor de una disminución de los precios de los productos de primera necesidad, en solidaridad con presos y represaliados por cuestiones políticas y sociales, contra los alquileres abusivos y a favor de una vivienda digna, etc. Del mismo modo, alentaron, crearon y se sumaron a Ligas antialcohólicas y antitaurinas, desde las que combatieron el alcohol, las tabernas y la fiesta de los toros. En este terreno, fueron muy celebradas y concurridas las conferencias que en la Casa del Pueblo de Madrid pronunció el escritor y afamado antitaurino Eugenio Noel. En sus recintos nacieron o celebraron reuniones asociaciones como la Liga Española para la Reforma Sexual -de la que fue secretaria la socialista Hildegart Rodríguez- u otras ligadas al movimiento eugénico español de finales de los años veinte y de los años treinta y que tenían entre sus objetivos el combate contra las enfermedades venéreas, la educación sexual de la población y la socialización de mecanismos e instituciones -clínicas especializadas, consultorios médicos, gabinetes psicológicos- que favorecieran una relaciones sexuales e interpersonales más conscientes y más libres. En su deseo de transformar las costumbres -o algunas costumbres- y ciertos valores imperantes, casi todos ellos imbuidos del catolicismo dominante en la sociedad española, las Casas del Pueblo acogieron también los principales “ritos de paso” convirtiéndolos en verdaderas fiestas cívicas y de afirmación laica. Eso es lo que ocurrió con las bodas, los bautismos y los entierros civiles que se prodigaron en algunas de ellas (Vid. figura17). Banquetes, discursos, fotografías, procesiones… como elementos propios de esos ritos se recogen en la prensa obrera, ponderando la valentía y la consecuencia de quienes los llevaban a cabo, venciendo la rutina, las imposiciones del ambiente y aún la oposición de personas e instituciones.

Figura 17. Matrimonio civil en Gallarta (Vizcaya), Vida Socialista,t.III, 1912 (Fundación Pablo Iglesias).

A un nivel más personal -vestimenta, hábitos, costumbres, lenguaje…-, esta función buscó llegar e influir en la vida cotidiana de los obreros que acudían a las Casas del Pueblo, tratando de dignificarla. En sus memorias, Toribio Echevarría llega a comentar lo siguiente: “Los obreros (…) empezaron a leer más y a ir más limpios. Se organizaron ciclos de conferencias y el público acudía ávidamente a ellas (…). Se afeitaron más a menudo, aunque todavía no existía la Gillete, y muchos desgraciados se corrigieron del vicio de la bebida. Disminuyó notablemente la mortalidad, y aunque ello había que atribuirse principalmente al servicio de agua a domicilio (…), no era ajeno a ese mismo resultado ese progreso de las costumbres que siguió a la aparición del socialismo en el horizonte local”[25].  
E.- Aunque con bastante lentitud y a veces no escasa resistencia por parte de algunos correligionarios, la práctica del deporte, entendida como actividad de ocio y elemento de regeneración moral, comenzó a introducirse en algunas Casas del Pueblo, especialmente a partir de los años veinte. Antes de esa fecha tenemos constancia de la existencia de grupos excursionistas socialistas, algunos de los cuales compaginaban la marcha y el ejercicio con las visitas educativas a monumentos y, a veces, con actividades de propaganda. Quizá por su importancia habría que destacar el grupo “Salud y Cultura”, fundado en la Casa del Pueblo de Madrid en abril de 1913 por iniciativa de la Asociación de Profesores Racionalistas y que constituiría la primera entidad socialista infantil organizada en España. Entre 1923 y 1931 tenemos constancia de la existencia de grupos deportivos vinculados a las Casas del Pueblo de Madrid, Eibar, Guadalajara, Valladolid y Barcelona. Durante la República su número creció ligeramente, hallándose establecidos al menos en las Casas del Pueblo de Madrid, Bilbao, Valladolid, Ciudad Real, Villena, Benahamur, Baracaldo, Cáceres, Bélmez, Bejígar, Pamplona y Las Carreras. De todos ellos y al margen del grupo infantil “Salud y Cultura”, el más dinámico fue la Agrupación Deportiva Obrera “Natura”, con domicilio en la Casa del Pueblo de Madrid. Ninguno, empero, se caracterizó por un gran desarrollo, aunque, con sus limitaciones, no dejan de ser un testimonio de la preocupación por el deporte de algunos militantes socialistas y de su plasmación práctica en unas pocas Casas del Pueblo.
F.-Debemos mencionar también la proliferación de economatos y de cooperativas de consumo y -aunque en mucha menor medida- de producción. Con el antecedente de la Aglomeración Cooperativa Madrileña Casa del Pueblo fundada a fines del siglo XIX, las primeras cooperativas se constituyen a comienzos del nuevo  siglo -probablemente las más tempranas sean las de Bilbao y Manlléu, ambas de 1903-, alcanzando ya un notable desarrollo en su segunda década[26]. Este tipo de entidades tuvieron una suerte desigual, pero en algunos casos -a veces, momentáneamente- consiguieron contar con un gran número de socios y un elevado volumen de ventas. Al margen de la de la Casa del Pueblo de Madrid, sin lugar a dudas la más importante entre las de consumo, habría que citar las de Eibar (1909), Valladolid (1910), Don Benito (1925), Bilbao (1903) y Almansa (1926) entre las radicadas en las Casas del Pueblo.Algunas de estas entidades combinaron el consumo de bienes y productos con la producción propia. Tal era el caso, por ejemplo, de las panaderías de las Casas del Pueblo de Écija -valorada en 1928 en 60.000 ptas.- y Vigo, la Mutua de Pan y Comestibles de Manlléu, que con un número de socios de 360 a finales de los años veinte alcanzaba por entonces un nivel de venta anual de 750.000 ptas., o “La Internacional” de la Casa del Pueblo de Tolosa, fundada en 1908 y que dedicada a la venta de toda clase de artículos tenía establecida también la venta de carbón, actividades todas que en 1927 le habían supuesto unas ventas totales de 309.805 ptas. Ninguna de estas panaderías lograría emular a las que fueron sin duda sus modelos directos, las cooperativas belgas, especialmente la de Bruselas y el Vooruit de Gante, de las que ya desde muy pronto se tuvieron noticias en España. Ni siquiera la creación a fines de los años veinte de la Federación de Cooperativas de España, entidad domiciliada en la Casa del Pueblo de Madrid y que se consolidaría durante la República con el socialista Regino González al frente de su Secretaría General, serviría para evitar que tanto los obreros en general como los socialistas en particular siguieran viendo con prevención la acción cooperatista.
G.-Con ser ya numerosas no paraban aquí las prestaciones de servicios, puesto que debemos mencionar también la existencia de farmacias, mutualidades y consultorios médicos y dispensarios. A imagen de la Mutualidad Obrera de Madrid, fundada en 1905, la mayoría de estas entidades nacieron con el fin de atender a la asistencia facultativa y farmacéutica de los socios y sus familias y socorrer a éstos en caso de enfermedad o defunciones. En bastantes de ellas funcionó también un servicio de asistencia a los partos y en algunas se montaron servicios adicionales como, por ejemplo, el “auxilio de viaje y dietas para tomar aguas medicinales o baños fuera de la población” que había establecido la de El Ferrol. Era común que las Mutualidades establecieran unas  condiciones de permanencia en la entidad y de edad de los socios para poder percibir los subsidios. Algunas, como la de Eibar, exceptuaban expresamente del derecho al socorro por enfermedad -3 ptas. día hasta el restablecimiento o en un máximo de 90 días, a partir de los cuales se abonaban 50 cts. diarios- determinadas enfermedades como las venéreas y similares, las alcohólicas o los lesionados en riñas o por uso de armas que no fuera en defensa personal También en algunos casos y con el fin de evitar cualquier posible engaño, abuso o picaresca, se arbitraron una serie de obligaciones para los convalecientes como, por ejemplo, no permanecer fuera de casa después de anochecer o presentarse en la secretaría de la Mutualidad un determinado número de veces a la semana o al mes. En las entidades de mayor peso los cargos de carácter técnico -médicos, enfermeras, practicantes, comadronas, etc.- solían cubrirse por concurso, si bien era frecuente que a los concursantes se les exigiera pertenecer a la UGT o al PSOE. A veces, se establecían dos escalones: numerarios y supernumerarios, formando los primeros el llamado Consejo Técnico y cuya principal misión era la de informar y asesorar en su caso a la Junta Directiva. En algunas Casas del Pueblo, aunque no llegara a constituirse una Mutualidad propiamente dicha existieron consultorios médicos y/o dispensarios, contratando los servicios de un médico o de un practicante de la localidad. Aparte de la de Madrid, Mutualidades médico-farmacéuticas que gozaron de una cierta estabilidad fueron las de las Casas del Pueblo de Oviedo (1907), Eibar (1911), Toledo (1914), Valladolid (1916), Barruelo de Santullán (1918) El Ferrol (1919), Tolosa (1927), Crevillente (1928), Santander (1930), Bilbao (1932) y Mieres.
H.-Una última función que también cumplió la Casa del Pueblo fue la de estimular relaciones o mecanismos de solidaridad entre las entidades y los individuos a ella pertenecientes y en relación con otras Casas del Pueblo y centros obreros. Buena parte de la documentación interna de las sociedades obreras y juntas administrativas de Casas del Pueblo que hemos manejado (cartas, circulares, memorias, etc.) está constituida por ruegos o llamadas a la colaboración económica por los más diversos motivos - entre ellos, aunque no fue lo más frecuente, el de proceder a construir una Casa del Pueblo, comprar un edificio para ese fin o atender las obligaciones hipotecarias derivadas de la construcción o de la compra correspondiente- y muy especialmente con ocasión de la declaración de una huelga o por una situación económica apurada. En determinadas situaciones, como el conflicto que enfrentó en Madrid en mayo de 1919 a los metalúrgicos con  la patronal, se crearon comisiones para recaudar dinero como préstamo o donativo para el sostenimiento de los obreros en huelga. Y algunas Casas del Pueblo, como la de Madrid, incluían entre los capítulos de gastos uno dedicado a fines de solidaridad. Otras veces lo que se hacía era eximir a la entidad en huelga -también a las que pasaban por un momento de gran apuro económico- del pago de la cuota a que estaba obligada como miembro de la Casa del Pueblo, acordar -incluso estatutariamente- que las demás sociedades contribuyesen a su mantenimiento y poner a su disposición todos los medios técnicos así como los salones y secretarías que precisara.
En algunos sitios y de manera más o menos organizada -por ejemplo, avisando y tramitando las ofertas de empleo- se ayudaba a los militantes en paro a encontrar trabajo o se arbitraron medidas para evitar despidos improcedentes. Aunque no tenemos noticias de su funcionamiento, en el Reglamento de la Casa del Pueblo de Madrid figuraba la intención de poner en marcha una Bolsa de Trabajo que regularizara y sistematizara todos estos aspectos. Tenemos noticias igualmente de la apertura de  consultorías u oficinas jurídicas para atender reclamaciones obreras o, como sucedió tras las jornadas de octubre de 1934, para la defensa de encausados por la Justicia. En una fecha tan temprana como 1912, el Consejo Directivo de la Casa del Pueblo de Madrid elaboraba un Proyecto de Bases para el funcionamiento de un fondo de solidaridad destinado a socorrer a los presos por cuestiones sociales y políticas y a los transeúntes. El apoyo a los procesados y los presos se manifestó también mediante entregas en metálico a su familia, organización de comités pro-presos, pago de la comida de algunos de ellos o bien recabando dinero a través de diversos medios, como suscripciones, donativos, venta de tarjetas y de cupones, etc.
Todo este conjunto de funciones dotaron a las Casas del Pueblo, como espacios por antonomasia de la sociabilidad obrera que eran, de una evidente multifuncionalidad, hasta el punto de convertirse en el centro de una red o sistema de relaciones políticas, sindicales, económicas y culturales y de organismos y servicios; en una especie de microcosmos o ciudadela -la “Nueva Jerusalén”, “islote de autonomía obrera”- tributaria en lo ideológico tanto del pensamiento utópico como del concepto de socialismo integral -en buena medida, deudor también de aquél- tan caro a algunos líderes obreros europeos como los belgas Émile Vandervelde, Henri de Man y Eduardo Anseele, los franceses Jean Jaurès y P. Hervier, el alemán Augusto Bebel o los italianos Filippo Turati y M. Garibotti, y también españoles como Antonio García Quejido, Manuel Vigil, Remigio Cabello o Manuel Llaneza. Pero funciones y servicios que tanto por su finalidad como por la forma de articularse -un buen número de ellos, al menos-  venían a demostrar también cómo los socialistas más que combatirlos lo que hicieron fue asumir valores pequeño-burgueses -en parte, provenientes igualmente de la tradición artesanal- como los de ahorro, moderación, preocupación por la salud, valoración del confort, estilo de vida ordenada, acusado sentido de la respetabilidad y de la autoestima, formas de diversión, etc.

Notas
[1]CANAL, Jordi. La sociabilidad en los estudios sobre la España contemporánea: una revisión. En MAZA ZORRILLA, Elena (coord.).Sociabilidad en la España contemporánea: historiografía y problemas metodológicosValladolid: Universidad de Valladolid, 2002, p. 35-55.
[2] Vid. KOHN, Margaret. The power of Place: The House of the People a Counterpublic. Polity, 2001,Vol. XXXIII, nº14. De la misma autora y con una mayor carga documental aunque con similares presupuestos teóricos vid. Radical Space: Building the House of the People. Cornell: University Press, 2003.
[3] Vid. SCASCIGHINI, Mario. La Maison du Peuple. Le temps d'un édifice de classe. Laussane: Presses polytechniques et universitaries romandes, 1991.
[4] Vid. HARVEY, David. Spaces of Hope. Berkeley: University of California Press, 2000.
[5] Es el presupuesto del que parten  BORSI, Franco. La Maison du Peuple: sindicalisme come arte. Bari: Dedalo Libri, 1978 y también DEGL'INNOCENTI, Maurizio (coord.): Le Case del Popolo in Europe (Dalle origini alla Seconda Guerra Mondiale). Florencia: Sansoni Editore, 1984.
[6] Con motivo del centenario de su inauguración se ha publicado una obra de referencia básica sobre la más importante de todas las Casas del Pueblo, la de Madrid. MORAL SANDOVAL, Enrique. Centenario de la Casa del Pueblo de Madrid. 1908-2008. Madrid: Sociedad Estatal de Commemoraciones Culturales, 2008.
[7] Vid. LUIS MARTÍN, Francisco de y ARIAS GONZÁLEZ, Luis. Las Casas del Pueblo socialistas en España (1900-1936). Barcelona:  Ariel , 1997 y también Casas del Pueblo y Centros Obreros socialistas en España. Madrid: Editorial Pablo Iglesias, 2009.
[8] La Casa del Pueblo Católica de Oviedo funcionó entre 1923 y 1936, acogiendo a la Federación Asturiano Católica Agraria (FACA) y a la asociación de mineros de Aller, entre otros importantes sindicatos católicos. Vid. Casa del Pueblo. Sindicatos obreros y otras obras sociales (Principios-Criterios-Orientaciones). Para los obreros asociados y no asociados. Para los ricos patronos y no patronos. Para los católicos en general, clérigos y laicos, Oviedo, Imprenta de El Carbayón, 1915 (Vid. BENAVIDESGÓMEZ, Domingo. Maximiliano Arboleya (1870-1951). Un luchador social entre las dos EspañasMadrid: Ed. Biblioteca de Autores Cristianos, 2003. 
[9] Vid. BOHIGAS I GUARDIOLA, Oriol. Arquitectura española de la Segunda República. Barcelona: Tusquets, 1970.
[10] Vid. GÓMEZ RIESTRA, Mª Oliva. Políticas públicas y obras sociales de Manuel Llaneza en Mieres. En  Apuntes de Historia FSA. 1901-2001. Oviedo: Fundación José Barreiro, 1999, p. 133-152.
[11] La cita de Llaneza se encuentra en PÉREZ LEDESMA, Manuel. El obrero consciente. Madrid: Alianza, 1987, p. 247-248.
[12] Vid. Casas del Pueblo pertenecientes a la Unión General de Trabajadores de España. Boletín de la Unión General de Trabajadores, mayo de 1933, nº 53, p. 161-202.
[13] Vid. GINER DE LOS RÍOS, Bernardo. 50 años de arquitectura española (1900-1950). Madrid: Alianza, 1980 y FLORES, Carlos. Arquitectura Española Contemporánea, I. 1880-1950. Madrid: Ed. Aguilar, 1989.
[14] Cfr. PÉREZ ROJAS, J. Art Déco en España. Madrid: ed. Cátedra, 1990.
[15] Como señala la profesora Rábanos Faci, su principal testigo e inductor en España va a ser el aragonés Fernando García de Mercadal, quien sirve de puente entre la llamada “Generación de 1925” y la del GATEPAC. Vid. RÁBANOS FACI, Carmen,Vanguardia frente a tradición en la arquitectura aragonesa (1925-1939). Zaragoza: Guara Editorial, 1984, p. 15.
[16] Vid.  Cuadernos de Arquitectura y Urbanismo, 1972 nº 90, y nº 94.
[17] Vid. URRUTIA NÚÑEZ, Ángel. Arquitectura moderna: el GATEPAC. Madrid: Historia 16, 1992.
[18]Vid. BRIHUEGA, Jaime, Las vanguardias artísticas en España, 1900-1936. Madrid: Ediciones Istmo, 1981 y BONET, Juan Manuel. Diccionario de las vanguardias en España (1907-1936). Madrid: Alianza, 1994.
[19] Con motivo de la inauguración de la Casa del Pueblo de Madrid, Juan Almela Meliá, desde su sección “Cuartillas Volanderas” y con el expresivo título de “Ya estamos en casa”, escribía: “Al fin podemos tener la seguridad de que  ningún casero enemigo nos ponga los trastos en la calle con cualquier excusa. Hoy tenemos casa propia. La hemos inaugurado con todo el aparato que el argumento requiere” (El Socialista, 4 de diciembre de 1908, nº 1187, p. 2). 
[20] Vid. MORADIELLOS, Enrique, El sindicato de los obreros mineros de Asturias, 1910-1930. Oviedo: Universidad de Oviedo, 1986 y OJEDA, Germán, Mineros, sindicalismo y política. Oviedo: Fundación José Barreiro, 1987.
[21]Vid. ARIAS GONZÁLEZ, Luis. El Socialismo y la vivienda obrera en España (1926-1939). La cooperativa socialista de Casas Baratas “Pablo Iglesias”. Salamanca: Universidad de Salamanca, 2003.
[22] Vid. MENDIETA, Isidro R. Una efemérides gloriosa. Los veinticinco años de la Casa del Pueblo de Madrid. En Almanaque de El Socialista para 1934. Madrid: Gráfica Socialista, 1933, p. 174.
[23] Vid. RIVAS LARA, Lucía. Historia del 1º de Mayo en España desde 1900 hasta la Segunda República. Madrid: UNED, 1987.
[24] SERIEUX y MATHIEU. El alcoholismo y sus estragos. Barcelona: F. Granada y Cª. Editores,  s.f.
[25] ECHEVARRÍA, Toribio, Viaje por el país de los recuerdos, Eibar, Ayuntamiento de Eibar, 2005, p. 68.
[26] Vid. ARIAS GONZÁLEZ, Luis. El cooperativismo socialista en España (1872-1939). Alcores, 2007, nº 4, p. 189-207.


Bibliografía
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© Copyright Luis Arias González y Francisco de Luis Martín, 2010
© Copyright Biblio3W, 2010

Ficha bibliográfica:
ARIAS GONZÁLEZ, Luis y LUIS MARTÍN, Francisco de. Las Casas del Pueblo y sus implicaciones geográficas. Biblio 3W. Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales. [En línea]. Barcelona: Universidad de Barcelona, 15 de agosto de 2010, vol. XV, nº 884. <http://www.ub.es/geocrit/b3w-884.htm>. [ISSN 1138-9796].

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