miércoles, 27 de febrero de 2013

cuidadora de viejos

La habitación era grande aunque, debido al desorden que reinaba en ella, daba la impresión de que encogía con sólo centrar la mirada en cualquier punto de su interior. Una cama individual, pegada a la pared del fondo, constituía el único mobiliario del que disponía la estancia y en ella, cubierta por una pila de mantas, un bulto alargado, de una persona mayor a juzgar por lo poco de cabeza que quedaba expuesta fuera de las mantas, yacía en toda su extensión, del cabecero a los pies de la cama. Aquella persona permanecía inerte y ajena a la suciedad que devoraba su entorno. A la izquierda, una montaña de cajas de cartón se encontraba mal apilada amenazando con desparramarse. De algunas de ellas sobresalían prendas de ropa de aparente calidad chocando con el sitio tan humilde en el que se encontraban albergadas, unos embalajes de cartón que amenazaban con reventarse ante la presión de lo embalado. Aunque eso ya debió pasar con alguna caja dado que, desperdigados por el suelo cercano a la pared izquierda, multitud de trajes esperaban, seguramente desde hacía años, que alguien con sentido del orden los recogiera. Y estaba claro que, observando el estado del resto del suelo, nadie en aquella casa apreciaba la pulcritud. Restos de pañales sucios jalonaban la habitación, como el campo de minas sembrado por un ejército en retirada, haciendo casi imposible moverse por el dormitorio sin pisar un trozo de terreno impracticable. “¿Y yo tengo que entrar aquí cada día?”, pensó Jacinta asqueada mirando a su derecha. Allí descubrió algo que le heló la sangre, si es que aún se mantenía caliente sin sucumbir al frío polar que envolvía toda la parte norte de la casa, y aquella habitación en particular. Una ventana grande, casi ventanal, se abría a la calle a través de los cristales desnudos de cortinas y por los que entraba la luz, sólo entorpecida por unos barrotes verticales a través de los cuales sería imposible que cupiera una persona, aún siendo delgada. “¿Para qué habrán puesto barrotes si ningún ladrón podría escalar hasta este piso?”. Félix, adivinando los pensamientos de Jacinta, trató de aclarar sus dudas.
-Es para evitar que nuestro padre salte por la ventana.
-Ha intentado –Jacinta balbuceó-… ¿Saltar?
-Varias veces –aclaró Rosaura sin mostrar ningún tipo de emoción en sus palabras-. Venga, les presentaré.
Los tres avanzaron con cuidado hacia la cama evitando al máximo los deshechos y se situaron ante la misma sin que su inquilino diera muestras de vida.
-Padre –pronunció Félix en tono imperativo-. Levante.
El anciano no se movió. Si estaba durmiendo tenía el sueño profundo.
-Padre –repitió levantando la voz-. Despierte.
-Parece que no tiene ganas de levantarse –dijo Rosaura cogiendo las riendas-. Déjame a mí.
Agarró del extremo de las mantas a la altura del cabecero, hizo acopio de fuerzas y dio un estirón despojando al anciano de toda la ropa de cama, arrojándola posteriormente contra el suelo, sobre una pila de pañales sucios. El hombre se encogió sobre sí mismo tratando de desperdiciar al mínimo el escaso calor acumulado durante la noche.
-¡Levante de una puta vez! –gritó Rosaura sacudiendo a su padre sin mucha delicadeza-. ¡Tiene que levantarse!
El anciano obedeció a regañadientes incorporándose lentamente en la cama para después sentarse en el borde de ésta con los pies colgando en el aire, sin llegar a tocar el suelo. Estiró la espalda con tranquilidad, como si temiera rompérsela, y alzó la cabeza mirando con desprecio a quien le había levantado de la cama.
-Malnacida –masticó-. Con la educación que te hemos dado y no has podido aprender ni modales.
-Calle de una vez –espetó Félix. Su padre giró la cabeza para mirarle-. Deje de decir tonterías y levántese. Tenemos que presentarle a su nueva cuidadora.
“Cuidadora”, repitió mentalmente Jacinta procurando que el término le afectara lo menos posible. Aunque fue imposible. “En la vida hubiera pensado que me iban a llamar de esa manera. Cuidadora de viejos”. Miró al anciano con reticencia y la visión le produjo repugnancia.
-¿Ésta va a cuidar de mí? –ironizó el anciano fijando la mirada en Jacinta-. ¿Con el dinero que me robáis no podéis pagar nada mejor?
La mirada de aquel hombre era tan profunda que, una vez fuera de tu vista, sentías el vacío dejado por sus ojos al retirarse. Hurgaba en tus pensamientos como un taladro lo hace en un muro y Jacinta se sintió tan desvalida que hubiera abandonado aquel dormitorio de no ser porque su orgullo, y también el miedo, le mantenían anclada a aquel pegajoso suelo.
-Éste es nuestro padre, Salvador.
-Mucho gusto –dijo Jacinta alargándole la mano al anciano. Ésta permaneció en el aire sin encontrar aliada-.
-Tampoco él tiene muchos modales –aclaró Rosaura viendo que el saludo no era correspondido-. Para los demás tiene muchas quejas. Pero que nadie se meta con él.
-Si supieras lo que es el orgullo no serías una garrapata –comentó el anciano lanzando una mirada despectiva a su hija-. A ti sólo te interesa chupar la sangre.
Salvador era un hombre de edad avanzada pero de facciones más saludables de lo que demostraba su aspecto desaliñado. La piel del rostro era ligeramente amarillenta pero sin rastro de enfermedades, las arrugas surcaban su frente como un campo de labor y multitud de surcos en sus mejillas sobrevivían al paso del tiempo a pesar de su extrema delgadez, patente de manera especial en la cara, totalmente adherida a la calavera. Una barba descuidada y canosa evidenciaba su falta de aseo y el cabello, del mismo color de la barba aunque mucho más fino, se espinaba rebelde gracias a las horas sobre la almohada y, también, la falta de lavado. No presentaba síntomas de calvicie aunque sí de falta de espesura capilar. Pero lo que más llamaba la atención eran los ojos, azules y vivaces como los de un niño que descubre el mundo por primera vez, siendo grandes y de párpados elevados, a pesar de haberse levantado segundos antes.
-Lo primero que tendrá que hacer será vestirle –dijo Rosaura señalando el pijama de su padre-. En esas cajas tiene ropa suficiente. Si no, también puede llevarle a la residencia en pijama.
-Eso, matadme de frío –profirió Salvador-. Quitasteis la calefacción de esta parte de la casa pero todavía no habéis conseguido lo que queríais.
“Este hombre aguanta lo que le echen”, pensó Jacinta observando el atuendo del anciano. Era un pijama de manga larga pero no parecía abrigar mucho, como si fuera de entretiempo. Unas rayas verticales azules sobre fondo blanco cubrían ambas piezas del atuendo y la parte superior, abrochada con botones, presentaba la ausencia de un par de ellos creándose una abertura a la altura del ombligo. Los pies estaban cubiertos por unos calcetines negros de ejecutivo y en el derecho, un agujero en el extremo dejaba asomar el dedo gordo con su uña de varios milímetros de largo. “¿Cómo es posible que tengan tanto dinero y este hombre viva en un estado tan lamentable?”.
Pase, pase -Jacinta le reconoció inmediatamente por la voz: aquel era el hombre con el que había hablado por teléfono-. Veo que es usted puntual. Eso es algo que valoramos mucho.
-Gracias.
Cualquier otro lugar hubiera resultado más acogedor que la entrevista de trabajo que se cruzaba en su camino y Jacinta hubiera dicho que no sin dudarlo de no ser porque la necesidad le oprimía cualquier disculpa o excusa para escaparse de aquella encerrona. Así que no pudo hacer nada más que enfrentarse al futuro con la valentía de una mujer decidida a salir adelante. Aunque sólo consiguiera avanzar un paso.
-Sígame por este pasillo. Tenga cuidado, está algo oscuro.
Oscuro era una aproximación adecuada, pero lo que realmente definía aquel pasillo, y a la casa en general, era opulento. Amplitud generosa que permitía un desfile de tres personas en paralelo, techos altos característicos de un palacio de la Barcelona modernista habilitado en edificio de viviendas, obras de arte de las que Jacinta desconocía los autores y que seguramente fueran valiosas… Toda una apariencia que apabullaba a quien no estuviese acostumbrado. Y sólo era el principio.
-Buenos días -una mujer bien vestida les salió al paso nada más flanquear la puerta del comedor-. Jacinta. ¿No?
-Así es -respondió ésta estrechando la mano de la mujer-.
Era joven, estilizada y atractiva, denotando en sus ademanes una tranquilidad y exquisitez que encajaban con el resto de su aspecto. Pantalones largos y anchos de lino blanco, camisa negra con cuello abierto que dejaba entrever el inicio del escote, de manga larga y desabotonada en los puños, y unos zapatos de tacón, también en negro, que, sin ser vertiginosos, sí levantaban a su dueña unos cuantos centímetros de más. Carecía de maquillaje o era tan sutil que parecía no haberse maquillado y sus rasgos, una vez fuera de la oscuridad del pasillo, se asemejaban a los del hombre que le había abierto la puerta y con el que también había hablado por teléfono.
-Yo soy Rosaura y él es Félix, mi hermano.
-Mucho gusto -saludó el hombre estrechando la mano de Jacinta-. Espero que se encuentre a gusto entre nosotros desempeñando su trabajo.
-Seguro que es así -afirmó Jacinta temiendo lo contrario-.
-Bien -Rosaura tomó la palabra-. Su trabajo será el de llevar a nuestro padre a la residencia y recogerle de allí, haciéndose también cargo de sus cuidados cuando no esté en ella. ¿Alguna objeción?
-En principio no -dijo Jacinta intimidada-.
-Bien. Nuestro padre no se encuentra en perfectas condiciones y está algo incapacitado para caminar y valerse por sí mismo. Para salir a la calle utiliza silla de ruedas pero, para distancias cortas, con un poco de ayuda se resuelve bien. También hay que ayudarle en el aseo, la toma de medicinas, a vestirse -Rosaura iba enumerando con los dedos de la mano derecha-… No controla muy bien sus necesidades por lo que lleva pañal y, por ello, hay que cambiarle regularmente.
A Jacinta se le revolvió el estómago con sólo imaginarse la escena de un señor mayor llevando un pañal rebosante, habiéndosele reservado el papel de coprotagonista. Sus peores presagios se cumplían uno por uno, como las piezas de dominó que van cayendo tras ser empujadas por las que cayeron antes.
-Supongo que estará usted habituada a estos cuidados -intervino Félix-.
-Así es -mintió. Y sin valorar sus palabras, subida ya a la cresta de la mentira, añadió-. Tengo mucha experiencia en cuidar a personas mayores.
Miró a su futuro patrón a los ojos sin que el orgullo le dejara siquiera pestañear. Ahora que se fijaba, también el aspecto de Félix rebosaba opulencia, a juego con la casa y su propia hermana. Enfundado en un traje azul marino de corte italiano, camisa rosa palo de la que sólo se asomaba el cuello, envolviendo con elegancia a una corbata granate, perfectamente anudada y cubierta en su extremo por la chaqueta. Su rostro era alargado y teñido por el sol artificial de los rayos uva, la barba llamaba su atención por su ausencia, como si en aquella barbilla jamás hubiera habido pelo y el cabello, engominado hacia la coronilla, tenso como la cuerda de un arco, revelaba unas incipientes entradas. Pero lo que más llamó la atención de Jacinta, como si de repente le hubiera hipnotizado una cobra, eran los ojos de Félix, pequeños y enclavados en las cuencas, que proyectaban una mirada tan afilada que podría pinchar un globo observándolo desde la distancia.
-Perfecto, perfecto -dijo Félix apartando la vista, para alivio de Jacinta-. Pase por aquí, le presentaremos a nuestro padre.
Ambos hermanos echaron a caminar hacia el otro extremo del comedor, inmenso en comparación con el de cualquier piso corriente, y se sumergieron en la oscuridad del pasillo que se abría tras una nueva puerta, del que no se percibió el fondo hasta que los ojos se acostumbraron al nuevo ambiente. Pero no sólo la oscuridad del pasillo se contraponía a la parte anterior de la casa sino que algo en lo que no había recaído Jacinta, por ser tan confortable que pasaba desapercibida, se hacía más acuciante conforme avanzaban, casi a tientas: la temperatura. Si bien el comedor era cálido, la parte norte de la casa parecía adentrarse en una gruta de hielo sin fondo y no fue hasta que se detuvieron, estando a punto de chocar con los dos hermanos que la precedían, cuando sintió un tenue halo de calidez tras avistar una línea de luz a ras de suelo, a la izquierda de donde se habían detenido.
-Aquí es –dijo Félix. Su voz sonó tétrica, como proveniente del fondo de la tierra-.
El mismo Félix tanteó en la pared hasta encontrar el picaporte de una puerta, lo giró escuchándose el clic que indicaba su apertura, y empujó hacia el frente hasta que la línea inferior se convirtió en un enorme marco rectangular de claridad del que salpicó la luz, arañando con sus garras a las sorprendidas pupilas. Tras el lapso de adaptación, Jacinta abrió los ojos y no pudo evitar el espanto ante la imagen que le devolvieron. Si aquello era una pesadilla estaba tardando mucho en despertarse.
La habitación era grande aunque, debido al desorden que reinaba en ella, daba la impresión de que encogía con sólo centrar la mirada en cualquier punto de su interior. Una cama individual, pegada a la pared del fondo, constituía el único mobiliario del que disponía la estancia y en ella, cubierta por una pila de mantas, un bulto alargado, de una persona mayor a juzgar por lo poco de cabeza que quedaba expuesta fuera de las mantas, yacía en toda su extensión, del cabecero a los pies de la cama. Aquella persona permanecía inerte y ajena a la suciedad que devoraba su entorno. A la izquierda, una montaña de cajas de cartón se encontraba mal apilada amenazando con desparramarse. De algunas de ellas sobresalían prendas de ropa de aparente calidad chocando con el sitio tan humilde en el que se encontraban albergadas, unos embalajes de cartón que amenazaban con reventarse ante la presión de lo embalado. Aunque eso ya debió pasar con alguna caja dado que, desperdigados por el suelo cercano a la pared izquierda, multitud de trajes esperaban, seguramente desde hacía años, que alguien con sentido del orden los recogiera. Y estaba claro que, observando el estado del resto del suelo, nadie en aquella casa apreciaba la pulcritud. Restos de pañales sucios jalonaban la habitación, como el campo de minas sembrado por un ejército en retirada, haciendo casi imposible moverse por el dormitorio sin pisar un trozo de terreno impracticable. “¿Y yo tengo que entrar aquí cada día?”, pensó Jacinta asqueada mirando a su derecha. Allí descubrió algo que le heló la sangre, si es que aún se mantenía caliente sin sucumbir al frío polar que envolvía toda la parte norte de la casa, y aquella habitación en particular. Una ventana grande, casi ventanal, se abría a la calle a través de los cristales desnudos de cortinas y por los que entraba la luz, sólo entorpecida por unos barrotes verticales a través de los cuales sería imposible que cupiera una persona, aún siendo delgada. “¿Para qué habrán puesto barrotes si ningún ladrón podría escalar hasta este piso?”. Félix, adivinando los pensamientos de Jacinta, trató de aclarar sus dudas.
-Es para evitar que nuestro padre salte por la ventana.
-Ha intentado –Jacinta balbuceó-… ¿Saltar?
-Varias veces –aclaró Rosaura sin mostrar ningún tipo de emoción en sus palabras-. Venga, les presentaré.
Los tres avanzaron con cuidado hacia la cama evitando al máximo los deshechos y se situaron ante la misma sin que su inquilino diera muestras de vida.
-Padre –pronunció Félix en tono imperativo-. Levante.
El anciano no se movió. Si estaba durmiendo tenía el sueño profundo.
-Padre –repitió levantando la voz-. Despierte.
-Parece que no tiene ganas de levantarse –dijo Rosaura cogiendo las riendas-. Déjame a mí.
Agarró del extremo de las mantas a la altura del cabecero, hizo acopio de fuerzas y dio un estirón despojando al anciano de toda la ropa de cama, arrojándola posteriormente contra el suelo, sobre una pila de pañales sucios. El hombre se encogió sobre sí mismo tratando de desperdiciar al mínimo el escaso calor acumulado durante la noche.
-¡Levante de una puta vez! –gritó Rosaura sacudiendo a su padre sin mucha delicadeza-. ¡Tiene que levantarse!
El anciano obedeció a regañadientes incorporándose lentamente en la cama para después sentarse en el borde de ésta con los pies colgando en el aire, sin llegar a tocar el suelo. Estiró la espalda con tranquilidad, como si temiera rompérsela, y alzó la cabeza mirando con desprecio a quien le había levantado de la cama.
-Malnacida –masticó-. Con la educación que te hemos dado y no has podido aprender ni modales.
-Calle de una vez –espetó Félix. Su padre giró la cabeza para mirarle-. Deje de decir tonterías y levántese. Tenemos que presentarle a su nueva cuidadora.
“Cuidadora”, repitió mentalmente Jacinta procurando que el término le afectara lo menos posible. Aunque fue imposible. “En la vida hubiera pensado que me iban a llamar de esa manera. Cuidadora de viejos”. Miró al anciano con reticencia y la visión le produjo repugnancia.
-¿Ésta va a cuidar de mí? –ironizó el anciano fijando la mirada en Jacinta-. ¿Con el dinero que me robáis no podéis pagar nada mejor?
La mirada de aquel hombre era tan profunda que, una vez fuera de tu vista, sentías el vacío dejado por sus ojos al retirarse. Hurgaba en tus pensamientos como un taladro lo hace en un muro y Jacinta se sintió tan desvalida que hubiera abandonado aquel dormitorio de no ser porque su orgullo, y también el miedo, le mantenían anclada a aquel pegajoso suelo.
-Éste es nuestro padre, Salvador.
-Mucho gusto –dijo Jacinta alargándole la mano al anciano. Ésta permaneció en el aire sin encontrar aliada-.
-Tampoco él tiene muchos modales –aclaró Rosaura viendo que el saludo no era correspondido-. Para los demás tiene muchas quejas. Pero que nadie se meta con él.
-Si supieras lo que es el orgullo no serías una garrapata –comentó el anciano lanzando una mirada despectiva a su hija-. A ti sólo te interesa chupar la sangre.
Salvador era un hombre de edad avanzada pero de facciones más saludables de lo que demostraba su aspecto desaliñado. La piel del rostro era ligeramente amarillenta pero sin rastro de enfermedades, las arrugas surcaban su frente como un campo de labor y multitud de surcos en sus mejillas sobrevivían al paso del tiempo a pesar de su extrema delgadez, patente de manera especial en la cara, totalmente adherida a la calavera. Una barba descuidada y canosa evidenciaba su falta de aseo y el cabello, del mismo color de la barba aunque mucho más fino, se espinaba rebelde gracias a las horas sobre la almohada y, también, la falta de lavado. No presentaba síntomas de calvicie aunque sí de falta de espesura capilar. Pero lo que más llamaba la atención eran los ojos, azules y vivaces como los de un niño que descubre el mundo por primera vez, siendo grandes y de párpados elevados, a pesar de haberse levantado segundos antes.
-Lo primero que tendrá que hacer será vestirle –dijo Rosaura señalando el pijama de su padre-. En esas cajas tiene ropa suficiente. Si no, también puede llevarle a la residencia en pijama.
-Eso, matadme de frío –profirió Salvador-. Quitasteis la calefacción de esta parte de la casa pero todavía no habéis conseguido lo que queríais.
“Este hombre aguanta lo que le echen”, pensó Jacinta observando el atuendo del anciano. Era un pijama de manga larga pero no parecía abrigar mucho, como si fuera de entretiempo. Unas rayas verticales azules sobre fondo blanco cubrían ambas piezas del atuendo y la parte superior, abrochada con botones, presentaba la ausencia de un par de ellos creándose una abertura a la altura del ombligo. Los pies estaban cubiertos por unos calcetines negros de ejecutivo y en el derecho, un agujero en el extremo dejaba asomar el dedo gordo con su uña de varios milímetros de largo. “¿Cómo es posible que tengan tanto dinero y este hombre viva en un estado tan lamentable?”.
 

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